José Carlos Llop

¿Sálvese quien pueda?

«He aquí la herencia de un país no educado en el valor de lo público tradicionalmente considerado como asunto privado cuando se tiene a mano»

Opinión

¿Sálvese quien pueda?
Foto: Tom Brenner| Reuters
José Carlos Llop

José Carlos Llop

José Carlos Llop (Mallorca, 1956) es poeta y escritor. Su último libro de poesía, La vida distinta (Pre-Textos); de narrativa, Oriente (Alfaguara).

Siempre hubo pasadizos secretos en palacio por donde el rey podía escapar del asedio enemigo. Siempre hubo un búnker sellado como mastaba egipcia en el que refugiarse de los cañonazos finales. Siempre hubo grandes villas alejadas de la ciudad donde huir de la peste y refugios antiatómicos para el presidente y su gabinete en caso de guerra nuclear. ¿Y ahora nos escandalizamos por unas vacunas a destiempo? Lo raro es que no hubiera pasado antes. Sobre todo en un país donde querer tener lo que otros no, refleja a menudo la pulsión de sentirse a salvo de los males que le aquejan. Al país, digo, que son bastantes. ‘Si formo parte de los que están y estando son, no me podrá pasar nada malo’ es la tonta y muy extendida conclusión filosófica, aunque si uno repasa la Historia, tiene cierta lógica.

Supongamos que todos llevamos dentro nuestra dosis de tontería. Y supongamos también que la vida no nos pone en el brete de sacarla a pasear. Estupendo. Pero si usted se dedica a ocupar uno o distintos cargos públicos, no se preocupe: si no es en la primera legislatura, será en la segunda que tendrá oportunidad de dar la vuelta al ruedo con ella. Con la tontería, quiero decir, y a la vista de todos. Sólo que para entonces estará tan anestesiado, que ni será consciente de ello, ni entenderá qué pasa a su alrededor: si cuchichean o murmuran o se le ríen descaradamente a la cara. No puede entenderlo.

¿Y de dónde sale la anestesia que le adormece el entendimiento, soberbia aparte? De los que le rodean y necesitan de usted: un favor, un trabajo, un destino mejor. A los que se suman sus colaboradores, que en otra parte no serían lo que son ahora y no están dispuestos a perder el sitio. Todos ellos le adulan, le dicen lo bien que lo está haciendo, le avisan de quien está en su contra y si no lo está se inventan que sí: un rival menos. Y usted, como un globo. Pisa con más fuerza, se ve más guapo en el espejo, le miran más por la calle –la erótica del poder, caramba–, le invitan a saraos donde antes no y hasta su mujer lo trata mejor, con más mimo y respeto. En fin, de aquí a un año o dos, secretario de Estado. Y quién sabe después.

Entonces llega uno de sus confidentes y le dice que sobran unas cuantas vacunas, que sería oportuno aprovecharlas antes de que se fastidien, ya sabe, la temperatura y los días fuera, y ha pensado que quién sino usted debería pasar por la clínica… O mejor, manda llamar a una enfermera y aquí mismo en el despacho. Si están esperando la llamada: antes de que se desperdicien, mejor aprovecharlas y que no se tiren, que de momento hay pocas. Además, cualquiera en su lugar haría lo mismo, qué digo cualquiera, todos lo harían.

He aquí la herencia de un país no educado en el valor de lo público tradicionalmente considerado como asunto privado cuando se tiene a mano.

Esto es muy curioso pues, en principio, parecía que habría menos voluntarios para vacunarse que al revés. Que la desconfianza hacia una vacuna hecha deprisa y corriendo se extendería y nadie querría ser de los primeros. De hecho, hace un par de meses escribí que los pioneros de la vacuna deberían ser nuestros dirigentes políticos, ante las cámaras televisivas y sin engañarnos con placebos. Más que nada para inspirar confianza en tan súbito remedio. Todos habíamos visto a Boris Johnson aplaudiendo a la primera vacunada británica y largarse después sin ofrecer su brazo a la jeringuilla. Y como él, a un ministro holandés llorando de emoción ante el primer vacunado en su país y otras lindezas por el estilo. Es cierto que luego vino el premier eslovaco, el candidato Biden y alguno más y se sentaron junto a la enfermera para dar ejemplo. Pero fueron los menos.

Aquí somos distintos y da la impresión de que una fiebre vacunadora ha cundido en algunos despachos oficiales. Los varios casos de políticos y directivos españoles que se han vacunado estos días –excepción hecha de una paciente oncológica– lo han hecho por la puerta de atrás, convencidos, imagino, de que tenían todo el derecho a hacerlo. Y más que el uso de las vacunas, el único valor del asunto ahora mismo sería adquirir conciencia del error –dimitidos y no dimitidos– porque no la tienen. Ellos y los que no lo han hecho, no porque no quisieran, sino porque no se han atrevido a hacerlo. Ellos y los que sí lo han hecho –vacunarse– y no lo sabemos ni lo sabremos de momento. No tanto por las vacunas como por lo simbólico del asunto. Aunque siempre haya habido pasadizos secretos, búnkeres escondidos y refugios antiatómicos.

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