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Sánchez, a la presidencia sobre ascuas, rupturas y cicatrices

"El presidente camina sobre ascuas y cicatrices y el martes 7, el día de su probable investidura, parece estar tan lejos como cerca"

Foto: SERGIO PEREZ | Reuters

El Congreso de los Diputados, levantado sobre el convento del Espíritu Santo, es hoy una solemne casa a la espera de un ciempiés del poder. Este gobierno de coalición, siquiera sin alcanzar la orilla del BOE, exhibió endeblez cuando el presidente en vísperas se puso en la tribuna a contar extremidades y acabó apoyado y criticado en las de grupos ajenos, tantos y tan erizados. 

Es un mal momento para todos, incluso, que contradicción, para los que llegan al poder. Tanto que, por momentos, más que un proceso de investidura pareció una huida, una urgencia, un trámite más que una necesaria liturgia de conformidad civil. 

La temperatura dialéctica fue subiendo en la Cámara, la calle se llenó de banderas, los agentes y las furgonetas parecieron blindar la palabra y el debate. 

Esta democracia (y los actores de un mal teatro) pueden preguntarse sobre cómo se ha llegado hasta aquí, si esta crisis de mínimos comunes es un brote patológico de una sociedad avanzada o el producto de una generación ingrata alcanzando el poder.     

Concernido por las contorsiones de Pedro Sánchez -haciendo distingos, ¡qué orfebrería!, entre el nacionalismo radical y ERC-, Gabriel Rufián, el portavoz de Esquerra  - el baluarte fantasma de los socialistas, 13 abstenciones para un acuerdo que impidió aclarar públicamente la escorada presidenta del Congreso, Meritxell Batet-, se lanzó a hablar de “este país, en manos de la derecha”. “Este país”, decía el republicano independentista, sin aclarar a cuál se refería. La cuestión quedó pendiente, como casi todo en la sesión.   

Español fue una de las palabras del debate, porque, como el candidato a la presidencia se enmienda y desenmienda sin interrupción, tuvo que recordar que su partido ni era un accidente ni había dejado de ser español. Y si el candidato lo recalcó alguna necesidad habría; quizá la misma que confirmar congresualmente que habrá mesa de diálogo (o el apósito que se le aplique) entre España y Cataluña para resolver un “conflicto político” que, por ser político, hizo intervenir a la justicia, como poder independiente dentro un estado homologado democráticamente en el mundo libre y encarcelar a los que alentaron y provocaron el “conflicto....político”. 

Al escuchar estas canciones de Sánchez, a Gabriel Rufián se le escaparon las manos y aplaudió brevemente. Sobre la fórmula para gestar su Gobierno, el líder del PSOE aseguró -asegurar es un verbo gastado- que “no cabía otra mayoría parlamentaria”. Entonces, como en el desierto, rebotó una voz anónima que dijo “mentira”. 

Mentira fue otra de las palabras del debate. “La mentira, la calumnia, la falsedad, no son fenómenos nuevos....”, leía con desdén Sánchez cuando se vio acompañado por risotadas de la derecha. El candidato se repuso en seguida, como acostumbra, y siguió “buscaremos un gran consenso para luchar contra la desinformación, crearemos un Foro de Ciberseguridad....”. 

“No se va a romper España, no se va a romper la constitución”, había empezado Sánchez sabiendo que entraba en la cueva. Luego, cansinamente, habló de concordia, de convivencia, de justicia mientras señalaba adversarios y reabría juicios del pasado, réditos propagandísticos y revanchistas. 

La realización televisiva de la Cámara iba señalando a cada destinatario de las propuestas del presidente a investir. Así, cuando hacía promesas sobre servicios públicos, impuestos equitativos, reparto de cargas fiscales, de su creencia en una economía de mercado pero no en una sociedad de mercado, se enfocaba a los lustrosos ministros; cuando instaba a revocar leyes para ilegalizar formaciones políticas o declaraba instaurado el 31 de Octubre como Día de las Víctimas del Franquismo, Santiago Abascal aparecía en pantalla, con rostro marmóreo, irreparable. 

“La internacionalización empresarial es clave”, “habrá una Ley de Movilidad Sostenible”, “se atenderán las necesidades de la España vacía”, “se creará una Oficina Estatal Contra la Discriminación de Género”, “la Sanidad recibirá, como en la media de los países avanzados de Europa, una inversión del 7% del PIB” y se promulgará una “Ley Integral Contra la Corrupción”, con un Estatuto para el Denunciante. De las denuncias y el comportamiento del PSOE en Andalucía para taponar las informaciones sobre el caso de los Expedientes de Regulación de Empleo, Sánchez no dijo nada, por ser coherente con su mudez tras la sentencia que condenó a Manuel Chaves y José Antonio Griñán. Todo aquello del lejano Sur le sigue siendo ajeno, como le recordó Pablo Casado. Según Sánchez, su discurso debió ser bueno porque decidió aplaudirse a sí mismo. 

Tras él, el líder del PP ahuecó el tono, infló la contundencia y esgrimió sus motivos para el desasosiego; el popular le tendió la mano para acuerdos de estado y gobernabilidad. Y ahí acabó todo, porque ambos se enzarzaron sin un rincón para el acuerdo. 

En su respuesta, Sánchez parecía decretar el 4 de enero El Día del Desbloqueo en España, él, inventor del bloqueo que fracturó al PSOE. De aquel “Bloqueo Pionero” (el derivado de los resultados de las  elecciones de 2015 y 2016) escribió Manuel Aragón, catedrático de Derecho Constitucional. El jurista no criticaba la inconcreción del artículo 99, sino la falta de cultura democrática y sus consecuencias. Pero en el hemiciclo sus señorías ya habían pasado de adversarios a enemigos y adquirido la fe del desprecio. 

La irrupción de Abascal alcanzó otro grado, bronco, seco, desencajó a Sánchez, al que, en su banco se vio contrariado, por la embestida del líder de Vox. 

Fue un maratón de desafueros. 

El presidente camina sobre ascuas y cicatrices y el martes 7, el día de su probable investidura, parece estar tan lejos como cerca. 

“Lo específicamente pedantesco -escribió Juan de Mairena- es negar las cosas cuando no son como nosotros lo pensamos. Pero las cosas no son nunca como nosotros las pensamos, son mucho más serias y complejas”. 

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