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Sánchez dialoga en Cataluña

Foto: Manu Fernandez | AP

Todavía trona el ruido ensordecedor que ha provocado la reunión de Pedro Sánchez con Quim Torra. Unos hablan de acercamiento, otros de humillación; unos la ven vergonzosa, otros alentadora. Pero nadie ha dicho que se trate de una reunión para abordar un problema inexistente: no existe un conflicto entre España y Cataluña. Y por eso los rostros de Sánchez y Torra no pueden ser la imagen de la reconciliación. La verdadera imagen de la concordia y la buena voluntad, la imagen del diálogo, sería la de Torra recibiendo, por ejemplo, a Inés Arrimadas y a los presidentes de Sociedad Civil Catalana. Ese es el encuentro que contribuirían a suturar la brecha que surca Cataluña. Sin embargo, Quim Torra nunca les ha tendido la mano, y ya hemos visto que el tono con que se dirige a la oposición en el Parlament no es precisamente fraternal. Pero lo que más sorprende es que el presidente del Gobierno de España todavía no haya entendido que es más urgente proteger a la Cataluña leal que seducir a la subversiva.

Asimismo, el ruido hace perder de vista que lo que está en juego en Cataluña es, en realidad, muy evidente: la necesidad de restituir el orden y la legalidad para que todos los ciudadanos puedan ejercer libremente sus derechos. Digo es que evidente porque tanto el Gobierno de España como la oposición coinciden en esto. También coinciden en que sólo existen dos maneras de lograrlo: o actúa el gobierno autonómico o interviene el gobierno central. Eso es todo: se trata un problema con dos únicas posibles soluciones. A diferencia de la oposición, el Gobierno cree que es posible que la Generalitat ejerza debidamente sus funciones, y su fe la expresa a través de la palabra «diálogo». Ahí está ese vaporoso término que aparece en un pin en la solapa de Iceta y en un hashtag del presidente Sánchez. Para que el término no sea una mera cortina de humo es importante darle contenido.

Es evidente que si la disyuntiva se plantea entre mano dura o diálogo, imposición o consenso, crispación o distensión, porrazos o abrazos, no hay espacio para la discusión racional. Ese no es el debate, por más que haya quien insista en expresarlo en esos términos. La pregunta es si existen motivos para confiar en el nacionalismo. Hablar de diálogo significa que el Gobierno tiene fe en que el President Torra cogerá las riendas del ejecutivo, implorará a los violentos a cejar en sus actos, reconocerá a la Cataluña no nacionalista y renunciará a actuar fuera de la legalidad. No creo que sea necesario dedicar mucho tiempo a demostrar que esta es una creencia optimista, por no decir irracional, dado que la realidad la ha refutado en repetidas ocasiones. Por desgracia, lo que ha demostrado la experiencia es que la aplicación del código penal es lo único que ha evitado la reiteración delictiva de los dirigentes nacionalistas.

Por lo tanto, viniendo de dónde venimos, la conclusión es que el Gobierno obra de manera irracional, en tanto peca de una obscena credulidad. Esa es la interpretación más amable. La alternativa es pensar que, sabiendo que Torra no garantizará la paz y la legalidad, se abstenga de intervenir por interés particular. Aún hay quien defiende al Ejecutivo alegando que no ha hecho concesión alguna al nacionalismo. Se equivocan; la concesión está en respetar el statu quo. La concesión es abstenerse de garantizar las libertades y el cumplimiento de la ley.

En su momento, Pedro Sánchez caló bien al President Torra: le llamó el Le Pen de la política española y reiteró que era un racista. Pero resulta que nuestro Le Pen votó a favor de la investidura de Sánchez. Lo expresó bien Marco Denevi: “El único momento en que Sancho Panza no dudó de la cordura de don Quijote fue cuando lo nombraron (a él, a Sancho) gobernador de la ínsula Barataria”. ¡Felices Fiestas!

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