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Sánchez: gobernar para todas y todos

Foto: Francisco Seco | AP

Ufano, el nuevo presidente, ha dedicado sus primeras semanas a formar un gobierno que, como me confesaba hace no mucho una/o diputada/o de Ciudadanos o Ciudadanas, “en gran medida habríamos podido proponer nosotros mismos”. Lo que muchos, también en el PSOE, pintaban como un gobierno liminal entre Rajoy y nuevas elecciones, se ha convertido en un ejecutivo con intención de agotar la legislatura. Pedro está en su derecho, así lo quiere nuestro sistema parlamentario. Él mismo no tardó en dejar claro que no tiene prisa por convocar elecciones y, en efecto, los ministros del nuevo gobierno no son ministros de paso.

Repleta la primera línea del gobierno, llegó la hora de rellenar otros muchos puestos de la maquinaria estatal. El consenso generado por los Borrell, Calvo o Ribera no ha tardado en romperse al conocer algunos nombramientos en entidades estratégicas del Estado. Ahí tocaba ya pagar deudas y contentar a los fieles del partido que han convertido en presidente al otrora Pedro el Desahuciado. En la cola esperaban también la izquierda leninista, el catalanismo feroz y el nacionalismo vasco, que, de su espíritu jesuítico, ha conservado, sobre todo, la costumbre de pasar el cepillo: todos, uno detrás de otro, dispuestos a cobrarse el favor.

Sánchez es consciente de la fragilidad parlamentaria del grupo socialista. Nadie más que él la ha sufrido durante el último tiempo. La gran tentación a la que se enfrenta, y a la que le costará resistirse, será la de refugiarse en Moncloa y abandonar el Parlamento. Como hacía notar hace poco Lucía Méndez en El Mundo, por primera vez desde 1978 ninguno de los miembros del ejecutivo es diputado o senador –después de que Batet, Robles y Ábalos fueran “invitados” por Sánchez a dejar el Congreso tras su nombramiento. Si se mantiene la tendencia de estas primeras semanas, vamos a presenciar muchas sesiones parlamentarias con los sillones azules vacíos. Conviene que Pedro no se olvide, de nuevo, que es ante el Parlamento, ante quien debe rendir cuentas y que la desconexión entre el ejecutivo (presidente y ministros) y el legislativo dañaría enormemente a nuestro sistema democrático. Lo quiera o no, el presidente debe escuchar e intentar entenderse también con el Partido Popular y Ciudadanos.

Desafortunadamente, la debilidad del PSOE y las elecciones sobrevolando en el horizonte harán imposibles proyectos legislativos de alto calado (i.e., educación, reforma de las pensiones…). Los retos a los que se enfrenta España requieren de tiempos más largos, disposición al diálogo y consensos más amplios de los que la aritmética parlamentaria brinda al gobierno de Sánchez. Son previsibles –ya lo hemos visto- leyes piñata con regusto electoralista, de dudosa urgencia y que podrían ahondar más la división entre muchos españoles.

Sabíamos que a Pedro, con sus 84 diputados, le iba a salir cara la presidencia. Lo que está por ver ahora es si la prudencia necesaria de quien ha pasado a representar a todos los españoles también está a la venta.

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