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Sandinistak

“Alerta, alerta, alerta que camina / la lluita guerrillera per l’Amèrica Llatina.” “Arriba, abajo, que la Otan se vaya al carajo; abajo, arriba, que ni Otan ni bases ni Reagan.” “Y si Nicaragua ha vencido… ¡El Salvador vencerá!” Las manifestaciones de la izquierda extraparlamentaria en defensa de la revolución sandinista y contra la intervención estadounidense en Centroamérica partían de Universidad, seguían por Pelayo y Ramblas y rompían por Fernando hasta San Jaime. Luego del toma y daca con las fuerzas represivas, los 300 de siempre nos dispersábamos por el Gótico para reencontrarnos en la Real. Allí, a golpe de medianas, cancelábamos momentáneamente el malestar del mundo. La vida, proclamábamos, se divide entre la lucha y la marcha; así, las venas abiertas de América Latina coexistían sin tapujos con los tiradores espumosos del bar Glaciar. Lo que yo he bebido por el sandinismo, vive Dios, no lo ha bebido nadie.

Para marcha, no obstante, la del 10 de mayo de 1986 en el Palacio de los Deportes, donde se celebró el mítico Nicaragua Rock; la cinta aún corre por casa. “Ésta va para el ho-no-bar… para el ho-no-ra-bi-lí-si-mo alcalde de la ciudad… ¡Y pa su puta madre!” Aquel concierto, en fin, detonó una escalada en la conciencia revolucionaria. Porque lo que yo he esnifado por el sandinismo, vive Dios, no lo ha esnifado nadie.

La vida es un rosario de errores, y aun de los más penosos tendemos a rescatar, por prurito de supervivencia o acaso de vergüenza, un consuelo. Ningún punk ensalzó jamás a Ortega, a quien ya veíamos, hum, como el somocita que ha resultado ser. Falacia retrospectiva, sí, pero, como le dijo Enric Marco a Javier Cercas en El impostor, “permíteme ésta, sólo ésta”.

 

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