Miguel Ángel Quintana Paz

Santiguarse: o cómo sobrevivir entre marcianos

«Araceli además trató a la vacuna como debe tratarse siempre la ciencia: como algo ciertamente útil y aconsejable (Araceli no es antivacunas); pero que ni reclama nuestro agradecimiento, ni nuestra pleitesía»

Opinión

Santiguarse: o cómo sobrevivir entre marcianos
Foto: Pepe Zamora| EFE
Miguel Ángel Quintana Paz

Miguel Ángel Quintana Paz

Profesor de Ética y Filosofía en la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Mi sueño es conocer (a) Alaska. Charro y wittgensteiniano.

Una de las mayores molestias que nos causan los antivacunas reside en tener que aguantar a los provacunas.

Esos mismos divulgadores científicos que en marzo nos reprendían por reclamar mascarillas (“pa k kieres eso jaja saludos”), solemnes como corresponde a embajadores de La Ciencia, esos mismos periodistas metidos a científicos y científicos metidos a periodistas, ven ahora en los antivacunas una bicoca. ¡Qué precioso campo abonado para sus admoniciones morales! Ignorantes, insolidarios, paletos, irracionales, egoístas, desinformados, inconscientes, individualistas, indocumentados… son solo algunas de las lindezas con que se adjetiva a quien muestre algún reparo ante la vacunación.

Frente a tales prédicas hay que señalar dos cosas. La primera, que resultan en sí mismas poco científicas: si algo ha demostrado la investigación sobre cómo convencer a quien sostiene ideas extrañas… es que poco se avanza si le denigramos. O si despreciamos sus motivos. Justo lo contrario resulta lo más eficaz: ponernos a comprender su visión del mundo; y arreglárnoslas para que ahí penetre la información correcta. Tiene ya ocho años este artículo de Stephan Lewandowsky y otros al respecto, que incluye hasta unos dibujitos bien monos que seguro complacerán a todo divulgador.    

Lo segundo que cabe mentar a propósito de nuestros divulgadores científicos es solo una hipótesis, pero plausible: pocas dudas caben de que muchos habrían estado del lado antivacunas allá por 1796. Esto es, cuando Edward Jenner inoculó por vez primera el pus de una enferma de viruela bovina en el bracito de un niño, de nombre James Phipps. Y habría resultado razonable tal desconfianza: Jenner se puso a hacer algo que para los demás médicos resultaba insólito. Pues así camina la ciencia: entre dudas y pruebas, entre saberes que hoy triunfan y mañana son refutados, entre genios que se equivocaron completamente en muchas cosas (Galileo, Descartes, Newton…) y esos mismos genios que a veces sí aciertan brillantes.

Por eso resulta tan ridícula (y tan anticientífica) la pomposa certidumbre con que tanto divulgador de la ciencia profiere sus dictámenes (“eres tonto si usas mascarilla, estamos en febrero”, “eres sabio si la usas, estamos en mayo”). Que la ciencia haya triunfado como saber se debe justamente a que es uno humilde: se ocupa solo de lo comprobable, queda sujeta siempre a crítica, abandona una y otra vez sus odres viejos, acepta que es mucho más lo que ignora que lo que conoce. No la separa tanto de Sócrates, al cabo.

Como colofón de las peripecias de este año con la ciencia acabamos de iniciar en España la vacunación anticovidiana. La primera receptora ha sido Araceli Rosario Hidalgo, residente en Guadalajara, de 96 años. El mismo Gobierno que plantó megapegatinas con su logo en las cajas de vacunas; que por boca de sus diputadas nos exige que le demos las gracias, rendidos de pleitesía ante su egregia munificencia; el mismo Gobierno que en abril movilizó a la Guardia Civil contra quienes osásemos crear un clima crítico con su gestión de la pandemia, habría sin duda deseado que ese inicio de campaña vacunatoria representase una apoteosis de Pedro Sánchez Triunfante como Salvador que reparte sus Dones Salutíferos a los españolitos.

Pero algo falló. Araceli falló.

Y es que Araceli no dio gracias a Pedro, sino gracias a Dios, tras vacunarse. Y es que Araceli no enarboló una bandera del PSOE antes del pinchazo, sino que solamente se santiguó.

Araceli además trató a la vacuna como debe tratarse siempre la ciencia: como algo ciertamente útil y aconsejable (Araceli no es antivacunas); pero que ni reclama nuestro agradecimiento (¿qué sería agradecer algo “a la Ciencia”?) ni nuestra pleitesía (a la Ciencia nuestros sentimientos le dan igual). Quienes han criticoneado a Araceli por dar gracias a Dios, aduciendo que fueron investigadores humanos quienes hallaron la vacuna, y no ángeles del cielo, olvidan que ese debate llega siempre a un punto muerto entre la gente religiosa y la que no lo es: pues sí, de acuerdo, pueden argüir los religiosos, han sido loables científicos los descubridores de tal cura, pero ¿acaso esos científicos se dieron la vida a sí mismos? ¿No deben agradecérsela también a alguien? ¿Algo más allá de sus padres o tatarabuelos? ¿Acaso inventaron esos investigadores el saber, las proteínas, la salud?

Con todo, me gustaría concentrarme ahora en el otro gesto que se le ha censurado a Araceli: que hiciera la señal de la cruz. Desde una mentalidad presuntamente cientificista (en realidad ignorantista) se ha denostado ese acto como un resto supersticioso: “Oh”, rezan tales críticos, “la vacuna va a funcionar igual o no sin depender de cuánto te santigües, Araceli, no pierdas el tiempo con tales jeribeques”. Santiguarse, ir vestida de color fucsia o cruzarse con un gato negro son todos hechos independientes de la eficacia farmacéutica de Pfizer-BioNTech, ¿no?

La verdad es que pensar de esa manera nos retrotrae a cómo los antropólogos del siglo XIX observaban a pueblos extraños. Observaban a una tribu, por ejemplo, danzar antes de salir de caza y se concluía, apresurados, que era así porque creían que la danza haría más asequibles a sus posibles presas. Se proyectaba, en suma, sobre la tribu la misma mentalidad de medios-fines que podía tener un burguesito cualquiera decimonónico. “Si hago algo es porque tendrá alguna eficacia en lo que deseo conseguir después”. ¿Acaso hay algún otro motivo para actuar?

Un antropólogo que epitomiza bien este modo de entender otras culturas fue James George Frazer. Su obra más famosa, La rama dorada, busca continuamente este tipo de explicaciones tras los ritos de otras etnias: “Si hacen esto (pintar todos de rojo su arco) es porque quieren conseguir esto otro (cazar mejor aves); pero, ah, pobrecillos, no se dan cuenta de que no se consigue así”. Hoy, 130 años después del libro de Frazer, hemos llegado a un mundo en que ese es el mismo análisis miope que hacemos unos occidentales de otros. “Si te santiguas es porque quieres aumentar la eficacia de una vacuna” proclaman los herederos hodiernos de Frazer, con esa sonrisilla del que sabe que, en el fondo, la inmunización poco tiene que ver con tu mímica antes del pinchazo.

Pero ¿es esto de veras así? ¿Interpretaba bien Frazer a las tribus forasteras, entiende bien nuestro fan de la ciencia a sus compatriotas que aún se santiguan? Un librito del filósofo Ludwig Wittgenstein nos puede sacar de tales dudas. Su título (Observaciones a “La rama dorada” de Frazer) refleja bien su contenido: se trata de anotaciones críticas al modo de razonar de ese venerable antropólogo escocés.

Imaginemos, de manos de Wittgenstein, que un alienígena llega a la Tierra. Y que lo primero que se encuentra es a un novio que besa, apasionado, la fotografía de su amada. Sigamos imaginando: pensemos ahora que el extraterrestre deduce de ese gesto que el amante cree que su beso llega, de algún modo, atravesando el éter, hasta su amada. Medios-fines: como el enamorado en realidad lo que ansía es besar a su novia verdadera (no solo una foto), pero lo que hace es besar una imagen, deducimos de ahí, al modo de Frazer, que en realidad “cree” (equivocadamente) que una cosa le acerca a la otra. ¡Pobre supersticioso de él!

Naturalmente, quien cometería un error sería ese marciano, no el novio que besa. Pues no todo acto (y menos un ósculo en un retrato) tiene por qué funcionar según la lógica que nuestro alienígena está intentando aplicar a toda acción. No solo besamos para conseguir cosas (sobre todo si lo besado es un trozo de papel). Claro que sabemos que nuestra chica no es lo mismo que una foto impresa; claro que sabemos que su mejilla no sentirá el roce de nuestros labios contra la lámina; por supuesto que somos conscientes de que besar su sola efigie no nos acercará ni un milímetro a acariciar su piel de verdad. Pero aun así besamos fotos de lo que amamos. Porque no solo seguimos la lógica que quiso Frazer, o que querría este marciano. O que hoy quieren tantos contemporáneos nuestros, que ya no saben ni qué implica santiguar.

Ignoro hasta qué punto Araceli sabe que vive en un mundo en que muchos nos hemos vuelto marcianos frente a otros. En que ya no se trata de que unos crean y otros descrean; en que unos piensen así y otros piensen asá. A sus 96 años, esta española cohabita con gentes que malinterpretan por completo un gesto que para ella es natural.

¿Significa esto que no tenga utilidad alguna la señal de la cruz de Araceli? En este final de año, he de confesar que a mí me ha servido. Que cuando vuelva a casa hacia la una y media de la noche, tras la corta Nochevieja del virus, me santiguaré antes de entrar en casa. No lo hice el año pasado, y (tranquilícese, divulgador científico) no atribuyo a tal falta la llegada de la pandemia. Bien sé que son dos hechos que nada tienen que ver. Pero también sé que uno se santigua ante lo importante o desconocido. Y sé (creo que desde 2020 lo sabemos todos) que un año nuevo eso es.

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