Miguel Ángel Quintana Paz

Santones posmodernos

«Ya lo pillaré, me decía. Sin embargo, pasó el tiempo y seguí sin entender ni uno solo de los dibujos de Forges»

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Santones posmodernos
Foto: Natacha Pisarenko| AP
Miguel Ángel Quintana Paz

Miguel Ángel Quintana Paz

Profesor de Ética y Filosofía en la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Mi sueño es conocer (a) Alaska. Charro y wittgensteiniano.

Hubo críos durante el franquismo que se sentían tontos por no poder concebir el dogma de la Santísima Trinidad. También los habría, con toda probabilidad, en la Unión Soviética por no comprender bien el materialismo dialéctico. En mi caso, dado que fui niño durante la Transición, el trauma me lo ocasionaron las viñetas de Forges.

Nunca las entendía. Quiero decir: conocía el significado de las palabras empleadas, identificaba bien a sus señores con ojos saltones, pero no captaba por qué se suponía que había un chiste ahí. Como de niño uno está acostumbrado a que eso le ocurra con muchas cosas de adultos, no le di demasiada importancia. «Ya lo pillaré», me decía, «como también haré con ese empeño que tienen los mayores por ver cuerpos desnudos o telediarios».

Sin embargo, pasó el tiempo y seguí sin entender ni uno solo de los dibujos de Forges. «No te olvides de Haití»: ¿por qué es tan pesado este señor predicando de cuál de las cien mil desgracias mundiales debo acordarme? Y ¿cómo es que sus banqueros son siempre calvos, de gafas oscuras y bigotito? ¿Acaso no ha visto nunca a Mario Conde? O ¿por qué sus ancianas llevaban pañuelo en la cabeza aún en 2017? ¿Proceden todas del Turkestán? Pero, sobre todo, ¿cómo conseguía no hacerme nunca ninguna gracia? ¿Acaso no querría resultar humorístico? Pero, entonces, ¿qué quería ese señor? ¿Predicar? ¿Era un evangelista?

Se habla mucho de que en nuestro tiempo estamos sustituyendo las sólidas religiones de antaño por nuevas fes. La metáfora, como todas, tiene sus usos más adecuados y otros menos atinados. Es fácil que los viejos creyentes complementen esta idea con la celebérrima frase de Chesterton, «cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa». Los nuevos creyentes, en cambio, a menudo ignoran que lo son. Se consideran «progresistas» y el «progreso», al menos desde don Augusto Comte, conllevaría superar cualquier tipo de feligresía.

La nueva fe incluye sus misterios, como el humor de Forges, y también muertes en olor de santidad. Hace un par de semanas le tocó el funesto turno a la juez estadounidense Ruth B. Ginsburg. Gente que el día anterior lo ignoraba todo de esa mujer (y que hoy mismo sería incapaz de citar el nombre de cualquiera de sus colegas en el Tribunal Supremo) inundó las redes sociales con ditirambos en su honor. Luego le ha sucedido al dibujante Quino. Mañana ocurrirá con un millar más. Nunca me gustó eso de que se muera la gente, pero en nuestros tiempos resulta especialmente cargante.

Esta posmodernidad parece contar con más deidades y santones que una secta hinduista de Sri Lanka. No le faltan tampoco los ritos (8M, Orgullo LGBT…) ni sus sacrificios humanos. Tampoco su lenguaje/a sagrado/a. Quizá vaya siendo el momento, pues, de ir más allá de Comte. De progresar más allá de su antañona idea de progreso como esplendor de la razón y eclipse de la fe. Reconocer que, bien al contrario, el hombre es un animal que cree.

Esto no se opone en modo alguno a la exigencia de razonar: al contrario, es su consecuencia más lógica. Todo ser racional caerá en la cuenta de que es mucho más lo que ignora que lo que conoce. Y que, por lo tanto, en incontables aspectos de su vida ha de caminar sin más guía que fiarse de lo que otros ya han pensado. El viejo llamamiento ilustrado «¡piénsalo todo por ti mismo!» no solo es imposible de cumplir, sino que nos dejaría exhaustos. Al igual que nos congratula, tras dura jornada laboral, que en una comedia televisiva las risas enlatadas nos liberen de la tarea de reírnos por nosotros mismos, no menos agradeceremos todo lo que otros ya hayan reflexionado y nos ahorren retrabajar.

Ahora bien, puestos a fiarnos de los demás, ¿a quién elegiremos? ¿A los de toda la vida o las novedades más impactantes? ¿Se acordará alguien de la magistrada Ginsburg como nos acordamos nosotros, tres mil años después, del juez Salomón? ¿Gustará alguien de las viñetas de Mafalda dentro de diecinueve siglos, a la manera en que nos hace sonreír todavía la sorna de Marcial? ¿Emocionarán los «No te olvides de Haití» de Forges del modo en que lloramos aún las desventuras de Dido? Cualquier fe es una apuesta y ninguna apuesta ofrece victoria segura (salvo, tal vez, la de Pascal). Pero eso no quita para que, de nuevo, recordemos que confiar y razonar no son cosas ni contrarias ni siquiera incompatibles. De hecho, mal razona quien se fía del primero que pasa por su pantalla de ordenador.

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