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Seguiré quemando tus cartas

Basta con portar un puñado más o menos importante de años a la espalda para desarrollar una sincera empatía con quien decide carbonizar -para después construir de nuevo- la que ha sido su vivienda. Al cabo, el hogar es algo parecido a una patria en su forma más íntima y cambiarlo por uno nuevo requiere para el morador una suerte de épica que acompañe el trascendente momento de echarlo abajo. Y es que el rito del fuego como elemento purgatorio de todo cuanto nos aflige y acongoja tiene mucho calado en las costumbres humanas. Los jóvenes estudiantes aguardan hasta la estival verbena de San Juan para prender fuego a sus libros de texto, propiciando así un acto ceremonioso para dar portazo a la pesadumbre del curso escolar. ¿Quién, sosteniendo en soledad una carta de un amor malogrado, no ha tenido la tentación de hacerla arder en llamas para dotar al adiós definitivo de mayor contundencia? Así, no se habla de historias pasadas sino de historias reducidas a cenizas para referirse a los más tristes episodios que salpican a uno en su vida personal.

Tampoco se tarda demasiado en topar con la ineficacia de este tipo de rituales que pretendemos sanatorios, sirva el del fuego sólo a modo de ejemplo. Como todos los mitos, desprenderse de aquello que nos retrotrae al dolor a través de las llamas tiene restringidas sus virtudes al plano estricto de las emociones. Lo sostiene así el historiador José Álvarez Junco, quien habla del mito como “una invención para objetivar el carácter vago de las emociones”. Y es que, como es fama, a lo máximo que puede aspirar uno cuando recurre a lo simbólico para expelerse del ayer es a un gesto palpable por alguno de los cinco sentidos que relate la propia desazón, mas no a deshacerse de ella. A pesar de todo, revés tras revés, son los menos quienes desisten de la práctica de ritos a la postre inservibles, y está bien que así sea: cada cual es libre de elegir cómo magnificar la falsa superación de sus tropiezos. Reponerse es harina de otro costal.

Sucede que, desdibujadas como están hace ya algún tiempo las fronteras entre lo íntimo y lo colectivo, la urgencia por subrayar la inutilidad de las hazañas heroicas en la esfera pública se acrecienta. Igual que prender fuego a una antigua carta de la persona amada no nos aleja de la cuneta emocional de la que partimos, tampoco el discurso incendiario per se y el político anheloso mejoran nuestra moralmente delicada situación compartida como sociedad, cuyos efectos devastadores sí pagamos entre todos.

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