Antonio García Maldonado

Señales

"Gente que renueva la esperanza contra la misma lógica del tiempo y del momento"

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Señales
Foto: Touchstone Pictures
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

A David Blázquez y a la memoria de su madre

«Dile a Merrill que batee fuerte». Un pastor anglicano, al que da vida Mel Gibson, recibe esa petición que le hace su mujer agonizante, que acaba de ser atropellada. Es una de las escenas iniciales de Señales (2002), del director indo-estadounidense Michael Night Shyamalan. El deudo no comprende a qué se refiere y lo achaca a los delirios del sufrimiento por unas heridas irreversibles. Ante una muerte tan injusta e incomprensible, el reverendo pierde la fe y cuelga los hábitos. Pero esas extrañas palabras de su esposa resuenan a lo largo de la película, y sólo al final adquieren todo su sentido salvífico. Tras haber recibido varias señales a modo de dibujos impresos sobre el maizal que cultiva, unos extraños alienígenas hostiles han entrado en la casa donde el pastor vive con sus hijos. Para no destripar aún más el argumento, bastará con decir que aquella última petición de la moribunda resulta providencial, como si la madre hubiera estado en el futuro y hubiera advertido a su familia antes de morir, imponiendo su deber de proteger a la misma lógica del tiempo. El sacerdote recupera la fe, y nosotros –aquellos que no tenemos el don de la fe– la esperanza.

He pensado mucho en esta película en estas semanas de confinamiento e higiene reforzada. Cada vez que me lavaba las manos con fruición tras pasear al perro, o tras teclear ante el ordenador durante horas, o después de hojear unos libros, se me venía al recuerdo la imagen de mí siendo un niño o un adolescente y de mi madre diciéndome que me las lavara otra vez, que me las lavara mejor, que no importaba que no hubiera salido a jugar, que era importante. Como si me estuviera lavando las manos por todas las veces que mis padres me habían preguntado si lo había hecho y les había dicho que sí, siendo no. También me he acordado de mi madre llegando a mi casa años después y diciéndome que es importante tener la despensa bien nutrida, tener cosas para emergencias, también medicinas y material sanitario. Durante estos días, al principio me lo tomaba a broma, como si mi madre se pareciera al personaje de Señales y ahora toda su insistencia en la pulcritud y la limpieza –el repulío, como se le conoce en el sur–, todos sus consejos extemporáneos –porque así me lo parecían en su momento– adquirieran pleno sentido.

Sin embargo, a medida que han ido pasando los días, esta asociación ha cambiado en cuanto al sentido del tiempo de referencia. Lo que yo veía como una improbable y risible señal del futuro, no era más que la señal de la experiencia del pasado. Es una perogrullada, algo evidente. Tanto, que el hecho de que yo la hubiera asociado con el futuro y no con la experiencia histórica, con la tragedia acumulada y parcheada por un progreso que, por definición, llega tarde, me ha hecho darme cuenta de lo fuera que he estado de la Historia.

Ninguna de las decenas de libros que he leído sobre plagas, dramas históricos, ninguna crónica de ninguna peste, ningún ensayo sobre sociedades machacadas por la guerra, ni siquiera ningún relato personal de mis abuelas sobre la contienda civil me habían sacado realmente de mi complacencia y seguridad, aunque yo creyera lo contrario en mi condición objetiva de privilegiado en un país privilegiado. Ahora me doy cuenta, más allá de lo perturbador que fuera lo que me narraban, que desde luego eran dramas infinitamente superiores al coronavirus –excepto para quienes han perdido todo o alguien que lo era casi todo en esta pandemia, porque es difícil consolarse en una situación así con las series históricas à la Pinker–.

Por más que, como tantos otros, llevara años hablando y escribiendo del error de Fukuyama y su «final de la historia» –y por más que esta idea tenga muchos matices–, de pronto es como darse cuenta de haber vivido en él hasta hace dos semanas. Por suerte, también se percibe el desvelo de tantos que, a su manera, envían señales diferentes y de distinta intensidad para que «batee fuerte», sin importar si emiten desde el pasado, el futuro o el presente. Gente que renueva la esperanza contra la misma lógica del tiempo y del momento.

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