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Señas de identidad

Para un número destacado de políticos los principios valen lo justo, lo que importa es que la política les garantice un sueldo

Foto: Miguel Morenatti | AP

No hay partido que conserve sus referencias, sus nombres, sus símbolos, sus señas de identidad. La obligada renovación no tendría por qué estar reñida con esas señas que siempre forman parte de la mejor historia de los partidos; cualquier empresa, cualquier institución, cualquier club, se puede renovar sin perder las esencias.

Sin embargo, en esta España en la que el tiempo pasado —el de la Transición— fue mejor, muchísimo mejor, vivimos una campaña electoral que además de poner en primer plano la apabullante mediocridad de la mayoría de los dirigentes políticos, ha dejado definitivamente atrás conceptos, caras, principios y valores, en la izquierda y en la derecha, que han caracterizado a unos partidos de los que hay motivos sobrados para sentirse orgullosos aunque se esté en las antípodas de su ideología.

De los fundadores de Podemos no quedan ni las raspas, Pablo Iglesias se ha ido deshaciendo de uno en uno —o se han deshecho ellos solos, desencantados— para promover a sus íntimos. Del partido nacido en la facultad de Políticas de la Complu solo queda el color morado. Algo parecido ocurre en Ciudadanos, pocos fundadores y una barbaridad de independientes, la mayoría de ellos procedentes de UPyD. Estos dos partidos, como ocurre con Vox, surgieron con fuerza prácticamente de la nada, de un grupo de amigos, y a la hora de expandirse, de buscar personas para sus listas, han tirado de los que formaban parte de otros partidos y, porque no se consideraban suficientemente atendidos, o por discrepancias ideológicas —los menos— o porque no les incluían en puestos de salida en sus partidos de origen, se sumaron a los que le garantizaban escaño en el Congreso, Senado, Bruselas o cualquiera de los parlamentos regionales o municipales. Lo que demuestra que para un número destacado de políticos los principios valen lo justo, lo que importa es que la política les garantice un sueldo.

El PSOE de Sánchez no tiene nada que ver, pero nada, con el que salió de Suresnes, el mejor de la historia socialista. Mejor en cuanto a poder y en cuanto a prestigio. El PSOE de Felipe jamás habría pactado con Podemos, mucho menos habría compadreado con los independentistas, ni se habría quedado quieto ante las arremetidas contra la Corona, contra la bandera y contra las Constitución. Era un PSOE en el que había figuras mediocres como en todas partes, y también corrupción, desgraciadamente, pero había grandeza en sus dirigentes y la defensa a España estaba por encima de todo.

El PP de Casado defiende también a España con uñas y dientes, pero la arremetida contra el pasado es similar a la que ha hecho Pedro Sánchez: fuera los nombres de Rajoy —aunque no los de Aznar, que demostró sobradamente durante años su inquina a Rajoy—, fuera algunas de las políticas de Rajoy acordadas con los socialistas, fuera el logo del partido y promoción a primera fila de figuras que declaraban públicamente su animadversión al PP de Rajoy y confesaban que votaban Ciudadanos… Como diría Guerra, a este PP no lo conoce ni la madre que lo parió. Ni a este PSOE de Sánchez.

Y con estas mimbres desconcertantes por la pérdida de las señas de identidad, hay que ir a votar. Se quejan algunos políticos de que ven falta de movilización en esta campaña. ¿Les sorprende?

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