Jordi Amat

Señor, ha llegado otra carta

«Deberíamos preguntarnos qué juraron entonces y cómo han podido mantenerse fieles a ello durante los últimos cuarenta años. Porque lo jurado en 1964, pongamos por caso, no pudo ser la defensa de un Estado democrático»

Opinión

Señor, ha llegado otra carta
Foto: Kiko Huesca| AP
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

En el primero de los tres documentos geriátricos que hemos ido conociendo durante las últimas semanas, el Jefe y los Oficiales retirados de la XIX Promoción de la Academia General del Aire afirman que en su un día juraron defender la Nación. El año de ese juramento no se precisa, pero puede intuirse que debió ser en una galaxia que nos parecía muy lejana. En la segunda misiva dirigida al Rey, suscrita por algunos de los integrantes de la XXII Promoción de la Academia General Militar, no se habla de Patria en el arranque sino de Nación, pero estos setenta militares reafirman la misma lealtad perenne jurada en su día ante la bandera y estos sí precisan la fecha originaria de su compromiso vital: «en un lejano año de 1964». También en el último de los documentos -el manifiesto que va sumando adhesiones (ya ha llegado a las 400 firmas)-, vuelven a referirse al «deterioro progresivo sufrido por nuestra Patria» y dejan claro que, vale, que sí, que ellos están retirados y que viejos como son ya no pueden ejercer su genuina vocación de soldados aunque les molaría, pero para ellos, ayer como hoy, hay algo que siempre se mantiene vigente: «El Juramento [la mayúscula es suya] que prestamos en su día».

Si en los tres casos lo que sienten que moralmente les legitima para dirigirse al Rey e intervenir en el debate político del presente es su fidelidad a ese juramento originario, deberíamos preguntarnos qué juraron entonces y cómo han podido mantenerse fieles a ello durante los últimos cuarenta años. Porque lo jurado en 1964, pongamos por caso, no pudo ser la defensa de un Estado democrático -dos palabras, Estado y democracia, sin apenas presencia en estos tres documentos- sino que a efectos políticos juraron exactamente lo contrario. Entonces con su incorporación al ejército, ya fuese por vocación o por tradición, se integraron en el pilar fundamental que sostenía una dictadura autoritaria y, ya fuera por disciplina o por convicción, a diferencia de otros militares que sí se comprometieron con la democracia (y esos honorables pioneros pagaron carísimo dicho compromiso), ellos nunca creyeron necesario romper con su juramento porque en realidad su compromiso no les vinculaba a la democracia.

Su compromiso, también ahora, es con la nación y la patria. Esta idea de patria y nación, que trasciende al Estado (al que no aluden) e incluso a la democracia (mencionada en una sola ocasión), la ven hoy encarnada en la Constitución, amenazada según creen por el gobierno de coalición y los pactos que ha suscrito el ejecutivo de Pedro Sánchez. Lo que llevaría a preguntarnos, finalmente, si la Carta Magna ha estado actuando como el instrumento que posibilita una democracia que evoluciona gracias a la alternancia y el pluralismo o, por el contrario, puede ser concebida como el instrumento jurídico al que puede recurrirse para blindar una determinada idea de nación y de patria a la que no va necesariamente asociada la idea de democracia. La respuesta a esa pregunta, que está implícitamente formulada en las tres cartas, interpela a su destinatario -Felipe VI-. El momento de escribir su carta de respuesta será en el discurso que lea el día de la Pascua Militar.

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