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Sentimentalismo tóxico

Foto: GERARD JULIEN | AFP

La polémica volvió a estallar durante la semifinal madrileña de la Champions poniendo de manifiesto, de nuevo, la imparable escalada de sentimentalización que se expande por el fútbol español. El origen estuvo en una pancarta que apareció en el fondo sur del Santiago Bernabéu. Ésta recordaba las copas de Europa obtenidas por el Real Madrid a lo largo de su historia, destacando las dos ganadas a su rival (Lisboa y Milán) con una frase que alimentó la discordia: “Decidme qué se siente”. Se puede discutir sobre la dudosa oportunidad de un tifo tan torpe como banal justo antes de un partido trascendental, pero acostumbrados – por suerte, cada vez menos- a los cánticos insultantes o a las múltiples referencias bélicas – que, incluso, se produjeron durante la misma eliminatoria-, esto no debería ser más que una simple nota a pie de página. Sin embargo, se rellenaron horas de tertulias en la prensa deportiva y se gastaron millones de palabras en discutir esta anécdota en las redes sociales.

Por encima de cualquier otro aspecto, la sentimentalización se apoderó de un debate repleto de estereotipos sobre ambas aficiones, el ambiente se caldeó por la irresponsabilidad periodística y la grada rojiblanca respondió con un “Orgullosos de no ser como vosotros”. No se trata del único ejemplo de esta semana. Justo un día después del último partido europeo en el Vicente Calderón, un futbolista del Celta de Vigo, tras ser eliminado de la Europa League, se consolaba afirmando que un equipo de amigos había acorralado a un conjunto construido con dinero. Resulta paradójico que lo expresara un profesional a nivel internacional con sueldo millonario. Había que aderezar la derrota con sentimentalismo, mientras era aplaudido por algunos periodistas deportivos que le daban la razón. Los valores y los sentimientos, usados siempre en mayúsculas, están en el centro de diversos discursos deportivos desde hace años. Curiosamente siempre sirven para enmascarar las propias debilidades y para atacar al rival.

Cualquiera que haya visto un partido desde la grada de un campo o se haya calzado unas botas sabe intuitivamente que el fútbol es un reflejo de nuestra vida, con sus múltiples bondades e indignidades. Esta propagación del sentimentalismo no se produce solamente en el ámbito deportivo. La vida pública está contaminada por una sentimentalización empobrecedora. El psiquiatra británico Anthony Daniels, quien se esconde tras el pseudónimo de Theodore Dalrymple, lo ha denunciado en Sentimentalismo tóxico, un libro con un subtítulo que es toda una declaración de intenciones: Cómo el culto a la emoción pública está corroyendo nuestra sociedad. Dalrymple cree que el creciente sentimentalismo de las sociedades occidentales es un mal social perjudicial. Dalrymple ataca a la corrección política y nos avisa: debemos colocar el razonamiento por delante de los sentimientos. Pero esto no quiere decir que los desdeñemos porque, como ha señalado Manuel Arias Maldonado, el futuro será de los afectos o no será. La pregunta, por tanto, no es si debemos tener o no sentimientos. Es más, el sentimentalismo no es necesariamente dañino en la esfera personal. La cuestión primordial es cómo y qué lugar deben ocupar en la vida pública. Si estos se convierten en el auténtico motor de la política de nuestro tiempo terminarán por alimentar respuestas sociales dañinas para la convivencia y cuartearán el pluralismo de las sociedades actuales.

Mientras tanto, tendremos que regresar a Alexis de Tocqueville. Tras su viaje por Norteamérica, se convenció de que una democracia dinámica solo podía asentarse en lo que denominó los “hábitos del corazón”. Tocqueville no estaba pensando en el sentimentalismo, al contrario, consideraba que estos hábitos tenían mucho más que ver con el intelecto, las capacidades, la voluntad o la acción que con el sentimiento. Hoy en día estos hábitos continúan siendo decisivos para nuestra forma de estar en el mundo. Desde el siglo XIX, el pensador francés nos estimula a usar los hábitos del corazón para no dejarnos embaucar por los tramposos derrames sentimentales.

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