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El populismo se alimenta de unas cuantas palabras clave: miedo y resentimiento, firmeza y simplicidad. No hace demasiados distingos entre derecha e izquierda; aunque, en uno u otro caso, las tonalidades y las modulaciones sean distintas. La retórica populista consiste en apelar a un instinto político básico que fractura a la sociedad en dos partes antagónicas: blancos y negros, buenos y malos, pueblo y casta. Prima un recetario sencillo que plantea escenarios apocalípticos junto a la nostalgia de un edén ubicado en tiempos pretéritos –en el caso conservador– o en el futuro –en el caso del utopismo progresista–. En Europa, populismos los hay de derechas y de izquierdas, según las distintas tradiciones nacionales. En los EE.UU. el peligro llega, en estos momentos, desde la zona republicana, amenazada por el mensaje rupturista de Donald Trump, que se ha impuesto a los demás aspirantes del partido. La comparación de Trump con anteriores candidatos –el maverick McCain o Mitt Romney– resulta odiosa. ¿Dónde se situaría ahora una figura como Eisenhower?

En la Convención Republicana de la semana pasada, Trump invocó “la Ley y el Orden” como líneas centrales de su hipotética presidencia. ¿Qué tipo de ley y qué tipo de orden? No parece que sea el orden institucional, sino algo mucho más tajante, más divisorio y radical. Y, por supuesto, este discurso se alimenta del miedo. Tyler Cowen, en su blog Marginal Revolution, apuntaba hace unos días que una parte considerable de los simpatizantes de Trump se encuentran entre los pensionistas que han visto cómo sus ahorros para la jubilación no alcanzan para mantener el nivel de vida que llevaban hace unas décadas. Cabe pensar que dicha lectura socioeconómica no resulta exclusiva de esta franja de votantes. Ahí estarían también los trabajadores que temen los efectos de la globalización, o los que viven en barrios afectados por altas tasas de criminalidad, o los que han convertido a la inmigración en el chivo expiatorio de los profundos cambios que se viven en el país más poderoso del orbe. El eje común es el temor al futuro y la necesidad de una figura paternal que recupere la antigua grandeza de la nación, esa vana sensación de sentirse protegidos. El populismo hace su trabajo. América vuelve a ser un país dividido.

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