Aloma Rodríguez

Septiembre

Después de años ordenando el paso del tiempo por el calendario escolar, que marcaba el año nuevo hacia mediados de septiembre, me resulta muy difícil verlo de otra manera. Ahora que tengo hijos, su curso escolar me sirve como justificación para mantener ese orden del tiempo, en realidad un poco forzado: como soy de Zaragoza

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Septiembre
Foto: Artem Bali
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

Después de años ordenando el paso del tiempo por el calendario escolar, que marcaba el año nuevo hacia mediados de septiembre, me resulta muy difícil verlo de otra manera. Ahora que tengo hijos, su curso escolar me sirve como justificación para mantener ese orden del tiempo, en realidad un poco forzado: como soy de Zaragoza, no se consideraba el curso empezado en serio hasta después de las fiestas del Pilar. Era como tener dos principios de curso, dos oportunidades para empezar bien y tener buenos propósitos y hacer promesas de llevar las clases al día. Y dos oportunidades de faltar a esas promesas y a esos propósitos, claro. Eso no quiere decir que prescinda de una tercera oportunidad para empezar bien, y también para decepcionarme y llevarme la contraria con el comienzo natural del año. Empezar tres veces refuerza mi sensación de vivir siempre en pruebas. Como canta Rafael Berrio, “temo haber vivido mi vida como si ello fuera un simulacro, / como si yo tuviera el don de vivir por mí dos veces, / de haber dejado a un lado la que importa en prenda de una vez futura, / y haber malgastado en borradores la presente”.

En septiembre solo hago balance del verano: no he leído todo lo que me había propuesto, no he escrito, no he viajado casi nada, no he descansado lo que debería y ni siquiera he ido a la playa. No he ido al cine las veces que había pensado que iría, no he ido a ningún concierto al aire libre y no he bailado en una verbena. No sé bien qué ha sido de mi verano. Y eso es lo que me pone triste. Que haya pasado tan rápido, que se me haya escurrido entre los dedos como la arena de la playa que no he pisado.

En realidad, espero de septiembre que sea el comienzo de algo y envidio las esperanzas puestas en el nuevo curso y la energía con que todo el mundo encara la vuelta a la tranquilizadora rutina. Me gusta la vuelta a la normalidad en los periódicos, aunque siento nostalgia por anticipado por los sustitutos de los programas de radio. En verano, miro las fotos de vacaciones ajenas con cierta incredulidad, escepticismo y un cierto desprecio, como si no fuera conmigo. No comparto el entusiasmo por ese tiempo interrumpido mientras dura, o al menos hago como que no. Porque en cuanto se acaba siento que he dejado escapar un tren de felicidad. Así que mi primer propósito del nuevo curso es no dejar que me pase eso el próximo verano.

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