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Ser amigo del hombre

En el año 1969, el historiador Owen Chadwick ofreció su lección inaugural como Regius Professor en la Universidad de Cambridge. Todo el texto estaba inspirado en el concepto de la amistad y su relación con la historia. «San Agustín –escribe Chadwick– tenía un dicho: Nemo nisi per amicitiam cognoscitur; esto es, necesitas ser amigo del hombre para poder comprenderlo». Y, más adelante, refiriéndose a G. M. Trevelyan, un antiguo historiador de la corriente Whig, observa que «era de ese tipo de personas que entendieron a la perfección el sentido de las palabras de san Agustín; a saber: que conocemos a la raza humana a través de la amistad». Son palabras hermosas que nos recuerdan aquella vieja cita del cardenal Newman en la que definió al caballero como “aquel hombre que nunca inflige daño a otro hombre” y que compendia el sustrato último de nuestro ideal de civilización. La empatía, en este sentido, consistiría en asumir el innegable fondo social de nuestra identidad, que se construye con los demás y junto a los demás y, a poder ser, no contra ellos.

De la amistad a la empatía se trasluce una prioridad de la mirada que, en palabras de la poeta Marina Tsvietáieva, supondría aprender a “reconocer el sufrimiento de las cosas”. Y de las personas añadiría yo. Son los otros –con su particular biografía de aciertos y errores, de actos nobles e innobles, de gozos y de sufrimientos– los que nos descubren quiénes somos. Al aceptar esta regla de la cercanía aprendemos que la debilidad nos configura, que no somos –ni podemos ser– autosuficientes y que, en definitiva, lo mejor de la humanidad nace del encuentro. Sin empatía ni siquiera seríamos capaces de identificar esa sombra primitiva de la condición humana que es la crueldad. Y no creo que exista una mejor descripción de lo que constituye la democracia liberal que aquella que pasa por el esfuerzo de una mirada comprensiva hacia el diferente en un camino de ida y vuelta.

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