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Ser el otro

En realidad, no pasó nada. El autobús escolar que transportaba a 35 menores y nueve adultos desde Italia hasta Portree (Skye, Escocia) apenas sufrió daños a su paso por Calais. Una luna rota, según el portavoz del instituto que organizó el viaje y ni siquiera un pequeño susto: según la BBC, los chicos dormían en el autobús y ninguno vio alterado su sueño.

“Menos mal. No pasó nada”, nos decimos. En realidad sólo pasó lo que ya es común, corriente, casi una costumbre. En Calais, un grupo de inmigrantes que huyen de la guerra y la muerte esperan a que Europa decida si es buen momento para ayudarles, si es conveniente que permanezcan dentro de nuestras fronteras. Y dónde, y en qué proporción. La Policía les custodia y a veces se producen enfrentamientos. Y vuelan piedras, y una de ellas se estampa en un autobús de matrícula británica. Que viene de Italia, que ha cruzado Francia, que recorrerá Inglaterra y se adentrará en Escocia hasta que un ferry les deje en Skye, en las Hébridas Interiores. Para los que viajan en ese autobús no hay fronteras, ni documentación, ni visados, ni pasaportes.

No pasó nada más que lo habitual, lo que ya no es noticia: enfrentamientos violentos entre policía e inmigrantes en Calais. Pero una piedra, maldita, reventó una luna de un autobús escolar. De niños. De niños europeos, que al parecer son un poco más niños. Y de repente, Calais vuelve a ser noticia por culpa de una piedra que ni llegó a quebrar el sueño de los menores.

Y entonces, casi como un automatismo, surge la pena –pobres- y la pregunta ¿Qué habían hecho esos chicos como para merecer ese susto, ese mal rato? Y no nos damos cuenta de que esa pregunta surge de las fronteras íntimas de nuestra empatía, que son físicas: El Mediterráneo. La vieja Europa. Porque nos cuesta más preguntarnos por qué sigue habiendo inmigrantes adocenados en Calais, por qué sigue habiendo enfrentamientos con la Policía, de qué cualidad creemos que carecen esos seres humanos como para que no sea una urgencia absoluta tratarles como tales.

De vez en cuando, como ejercicio de humanidad, conviene ser el otro. Verse como el otro. Sentir lo que el otro. Y ver que la noticia no es una luna rota, sino las miles de vidas que, meses después, continúan esperando.

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