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Ser mujer o estar feliz

"Nos olvidamos de entender que estamos hastiados de motivos falsos para la incertidumbre, cuando la incertidumbre es -del verbo ser- la única certeza de nuestra humanidad"

Foto: ALVARO BARRIENTOS | AP

“Mamá, ¿cuál es la diferencia entre ser y estar?”. Preguntó el hijo de 10 años. Muchas veces le había respondido esa pregunta a mi marido, que por ser inglés no terminaba de entender la diferencia, pues en el idioma de Shakespeare todo es “to be or not to be”, ser o no ser, estar o no estar, existir o no existir, vivir o morir y el cerebro británico no distingue estados intermedios, temporales, de la existencia, como “estar feliz”, “estar triste” o “estar amargado”.

Tener hijos bilingües que estudian lengua y gramática en dos idiomas (y a veces tres, si incluimos sus clases de francés) me hace plantearme hechos existenciales, como este ser y estar, como la fugacidad y la permanencia de las cosas.

“Ser es siempre y estar es en un momento determinado del tiempo”, le expliqué al hijo. “Por ejemplo, yo digo que soy mujer, no que estoy mujer, porque estar es temporal y mujer soy todo el tiempo. En cambio, digo que “estoy feliz” porque estoy feliz hoy, o este mes, o este año y ese estado puede cambiar mañana, puede desaparecer para convertirse en otra cosa, en un “estoy triste o estoy frustrada”.

La explicación le pareció bien, aunque yo sé que no es del todo correcta, pues no es una regla. Hay numerosas excepciones y por eso es tan confuso para los extranjeros. Aún así, me hizo pensar en todo aquello que me hace estar inquieta, nerviosa, estresada y agobiada sin ser una mujer agobiada, nerviosa o estresada. Casi todo pasa por unos ciertos monotemas que engloban la actualidad, las conversaciones y el paisaje. Casi todo pasa por que la forma de comunicarnos, la preocupación general y el discurso político han hecho que nos importe lo que no nos interesa. Que nos importe como si nos fuera la vida en ello, el muro de Trump, el Brexit, la independencia de Cataluña, la unidad de España, la bandera rojigualda o el cadáver de Franco. Que nos importe hasta la falta de sueño, por una cuestión de estado emocional, sin que nos afecte de una forma consustancial para nuestra felicidad familiar, individual, económica o laboral, en definitiva, para la construcción constante de nuestro ser más íntimo y absoluto. Vivimos en la esquizofrenia de dos realidades, la del ser: somos mujeres, madres, familias, con las preocupaciones consustanciales de todas las familias, madres y mujeres de la historia desde los tiempos más remotos hasta hoy, y la realidad del “estar”, del momento actual y sus narrativas, muchas de ficción: la nación, la intolerancia, la política de memes, símbolos y lacitos. Vivimos entre el alma compleja, magnífica, que percibe en impresiones, y el cerebro, limitado, intoxicado por los medios, y estamos preocupados siempre por pensamientos recurrentes que sabemos que no importan. Nos olvidamos de entender que estamos hastiados de motivos falsos para la incertidumbre, cuando la incertidumbre es -del verbo ser- la única certeza de nuestra humanidad.

Tan preocupados estamos que la razón nos pide ir a votar, pues seguimos creyendo, como los buenos demócratas que somos, en que podemos remediar algo acudiendo a las urnas, y la emoción nos grita que dejemos que todo se vaya al garete, porque todo lo falso que se resume en una izquierda o una derecha, un color o una bandera, nos importa menos que la salud, menos que la educación, menos que las oportunidades laborales de nuestros hijos, menos que una mujer discriminada o una niña violada por unos hijos de puta.

La última vez fui a votar ilusionada. Hoy, estoy desencantada tras haberme entregado a la ilusión, pero temo mucho menos a los políticos que a los miedos que los construyen. Temo mucho menos a una nueva decepción que a mi fracaso moral.

Votaré, hay que votar por una cuestión de ser. De ser demócrata, de creer en un proyecto común, en la familia de al lado, en cambiar leyes injustas, en dar oportunidades a las mujeres, aun sospechando, o más bien temiendo, que mi voto será inútil para revertir el sino negro que nos acecha. El sino de un pueblo que parece programando para repetir la historia más negra si se deja llevar por los estados temporales del alma, que son el miedo, la preocupación, la ansiedad.

España es así, temerosa, pero yo no. Yo soy valiente y no creo que todos nuestros estados temporales de felicidad, preocupación, ansiedad, interés, puedan cambiar lo que está por venir, a no ser que votemos con el ser fuerte y generoso. Votemos con el ser y no con el estar hastiados, aunque solo sea por poder vivir un rato más en la ficción de que hicimos todo lo posible por encontrarnos en aquellas luchas cotidianas que construyen nuestra humanidad.

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