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Seriefilia filial

Foto: american broadcasting companie | ABC

Hace un par de semanas, pasé los mejores días de este año viendo Perdidos con mi hijo de 10 años. El niño disfrutó como el seriéfilo que es, riendo con las frases de Sawyer, cuyas referencias cinéfilas y literarias tenía que explicarle de cuando en cuando. Aún recuerdo cuando uno de los malos que lleva una tirita en la nariz, se acerca amenazante y Sawyer le dice: ¡Cállate, Chinatown! Yo estallé de risa, me emocioné por dentro, recordando que mi marido era un gran fan de Nicholson. Esto me dio la oportunidad de explicarle al hijo de 10 años que Chinatown es un clásico del cine negro, en el que hay una escena donde dos mafiosos agarran al protagonista, lo inmovilizan, y uno de ellos le hace dos cortes en la nariz con una navaja, abriéndole los agujeros hacia fuera, lo que obliga al actor a llevar un vendaje ridículo el resto de la película. El estallido de risa de mi hijo culminó en la frase: Quiero ver Chinatown.

Mientras estaba atrapada en la isla de la que nadie puede escapar, abducida como estaba por Sawyer, y sus one-liners descacharrantes; el ñoño Jack, que sufre por ser perfecto; el intrépido John Locke, filósofo con machete; y el tierno Charlie, con su guitarrita y su adicción a la droga- no leí los artículos que se han publicado criticando la Lolita de Nabokov o a la gente enganchada a las series, pero bueno, no necesito leer estas cosas con demasiado detalle para saber de qué va la historia. Va de preguntarse por las bondades morales de ciertos temas literarios, de preguntarse por la utilidad de la ficción o de juzgar en base a un todo, un ideal, y no en base al verdadero papel de la ficción en nuestras vidas. Es decir, la cosa va como siempre de tomar la parte por el todo cayendo en el lugar común.

Hace unos años, mi marido y yo no teníamos hijos. Mi trabajo como guionista de TV era estresante, ocupaba casi todas las horas del día, pero los fines de semana me desintoxicaba de mis personajes viendo… series. Una de esas series que me sacaban de mi realidad televisiva y me daban una actividad conjunta y hogareña con George era Perdidos. Ambos disfrutamos enormemente. Otras series que recuerdo haber visto con él en plan enganche total fueron Dos metros bajo tierra o Mad Men, aunque la que se me quedó grabada fue Los Soprano. Esta no la olvidaré porque de aquella, ya habíamos tenido un hijo, que por motivos que no vienen al caso, se negaba a marcharse a la cama y ser tratado como el niño de 2 años que era, así que rendidos por su cabezonería y sospechando que la buena tele nunca es mala para nadie, le dejábamos que se quedase a ver un capítulo con nosotros. Sí, apedréenme por darle materia inapropiada para su mente tierna e infantil, que ya estoy acostumbrada: Mi hijo de dos años veía con nosotros Los Soprano.

El niño jugaba y se distraía, no siempre estaba mirando la pantalla, pero si le preguntabas de qué iba aquello, lo tenía muy claro: “es la peli de una familia. Del papá, de la mamá, de la niña y del niño”. Y, oye, efectivamente, lo había clavado. Eso era Los Soprano, el día a día de una familia con sus discusiones de pareja, las inseguridades adolescentes del chaval, la crisis de mediana edad del padre, los desamores de la hija, los problemas laborales, la búsqueda de la felicidad. Era un reflejo de la sociedad actual entretejido en la trama de una familia mafiosa, es decir, un reflejo literario de nuestras conciencias.

Cuando le decía a la gente que mi hijo seguía las desventuras de los Soprano, me miraban muy raro y muchos me decían la famosa frase: “Pero es una serie violenta” “se va a traumatizar” “Pero cómo le dejas ver televisión” “la televisión es mala”… En fin, lo típico y, la verdad, me hacían sentir muy culpable porque todo el mundo cae en el cliché y sobre todo, quien no calla lo hace para censurarte. Sin embargo, yo perseveré en mi instinto de que aquello no era malo. Primero, porque soy una rebelde, segundo, porque sabía de televisión, me dedico a ello, y tercero, porque sabía que en toda lectura, en todo juego, en todo visionado, en la sociedad, lo que verdaderamente importa no es la lectura, sino el lector. Es nuestra moral la que importa a la hora de leer y solo en el caso de Alonso Quijano nos convertimos en caballeros ridículos por haber leído “lo que no conviene”.

Cuando yo era pequeña, veía a todo el mundo leer en mi casa -excepto a mi madre, que leía por las noches pues por el día solo tenía tiempo para cocinar y escribir-. Nadie criticó nunca un solo libro que alguno pudiéramos llevar en la mano por poco apropiado para nuestra edad, por violento o por inadecuado moralmente. Se me aplaudió mucho que leyera a Kafka con trece años, nadie me miró raro por leer a Henry Miller con dieciséis o por tragarme los diarios de Anais Nin a la misma edad. La premisa era que todos los libros son buenos y así debe de ser, porque dividir la ficción en moralmente buena y moralmente mala lo dejamos solo para los libros de caballerías y en el humor de Cervantes. Leer es bueno y a mi me parece que ocurre lo mismo con las series, que sin embargo se toman demasiadas veces por algo malo, un enganche que no nos lleva a nada, una pérdida de tiempo, un contagio de malas conductas y violencia. Creo que es injusto. Creo que hay un gran talento literario en la televisión. Creo que la gente que no quiera ver series, tiene todo el derecho del mundo de no verlas, pero veo poco acertado añadir negatividad a lo que para mí es, sin ninguna duda, una actividad enriquecedora, tan importante como leer, escribir o soñar. La ficción es fundamental para el hombre, según decía Sábato, y como he leído mucho, me creo lo que dice este señor.

Mi marido murió hace siete años y perdí a mi compañero de sofá para ver series de televisión encadenadas, pero… entre tanto, mis hijos han crecido lo suficiente como para demostrarme con su pasión por el buen cine y la buena tele, que fue un acierto dejarles ver los Soprano cuando aún llevaban pañal.

Creo sinceramente que las lecturas forman el gusto, el cine forma el gusto, pero la humanidad, la bondad, la generosidad y los valores, la capacidad para delinquir o corromperse moralmente, la inculca por encima de todas las cosas el entorno y la familia, el ejemplo real del corrupto, el ejemplo real de la pobreza, el ejemplo real del sufrimiento. La cosa va de no crecer entre tiros, no de verlos por televisión.

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