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Sesgo de confirmación y esfera pública

Cuando Isaiah Berlin adaptaba convencionalmente el concepto de libertad negativa, a saber, la ausencia de interferencia de terceros en el libre ejercicio de la toma de decisiones, poco debía él sospechar cómo se abren paso en nuestros días todo tipo de aparatos con que obstaculizamos ese camino. Una pulsera que proporciona pequeñas descargas eléctricas cuando el usuario gasta más de lo que debiere es el último de estos inventos. En el mismo cajón de sastre cabe colocar las aplicaciones móviles que registran las calorías que consumimos en cada comida o los relojes que indican si uno ha caminado lo suficiente durante la jornada. Quién no tiene un amigo que ha aparecido enérgico de la noche a la mañana cantando las virtudes del nuevo dispositivo salvavidas de turno.

No obstante, es sencillo advertir del fracaso estrepitoso a que mayoritariamente conducen estos chismes bajo la promesa de hombre nuevo sin esfuerzo alguno a cambio. Al cabo, bloquear esa suerte de interferencia -una alarma, una pequeña descarga eléctrica- no es más difícil que el caso omiso que hace uno de los consejos de un amigo o de las campañas anti-tabaco. Y es que no se cambia ni mejora con fórmulas mágicas peripuestas sino a través del tedioso ejercicio del diálogo con uno mismo. A propósito de las grandes promesas de cambio en la esfera personal escribía Juan Benet en su Epístola moral a Laura, en la que argumentaba con sorna contra el divorcio de su amiga arguyendo que en el nuevo matrimonio que ella emprendía sólo iba a encontrar más miseria y más dolor y más cadenas. A menos que, puntualizaba el madrileño, sometiese su amiga a juicio todas y cada una de las decisiones que tomó aún en nupcias.

Lo que con tanto garbo relataba Benet no es otra cosa que lo que en psicología se ha llamado sesgo de confirmación, un prejuicio cognitivo que pondera aquellas ideas u opiniones que confirman las bondades de nuestra inclinación. Quién esté libre de pecado, claro, que tire la primera piedra. A pesar de ello, todos tenemos derecho a buscar la felicidad, libertad de equívoco mediante.

Menos excusable parece, en cambio, la poca disposición a evitar tropezar con la misma piedra que vienen mostrando nuestros representantes en esta segunda oportunidad que es la nueva contienda electoral del próximo junio. Cuando lo peor de nuestra democracia lo encarnan quienes aplican el sesgo de confirmación para definir la soberanía a través de interesadas sinécdoques -hablan de la gente cuando quieren decir mi gente, o de los catalanes al referirse a la minoría nacionalista-, se hace necesario reclamar a aquellos que aseguran considerar a los españoles ciudadanos libres e iguales un trato para con ellos que les considere verdaderamente como tales. Esto es: reconociéndolos en su conjunto, alentando un gran coloquio nacional donde todos puedan escuchar también aquellas voces que hasta ahora han despreciado por el mero hecho de discrepar.

Para con los asuntos públicos, la toma de decisiones arbitrarias sí tiene consecuencias devastadoras. El constitucionalismo tiene la ocasión de demostrarse como la voluntad de seguir tomando en cuenta al contrario, a pesar de todo, en lo que es de todos. Sin otra mayor promesa que esa.

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