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S'ha acabat

"Debemos asumir que la universidad en Cataluña es hoy un cementerio de libertades"

Foto: QUIQUE GARCIA | EFE

El acto lo organizaba la asociación estudiantil S’ha acabat!, y se anunciaba en un cartel con fondo azul: «Ante los nacionalismos y populismos, ¡EUROPA!». Participaban Maite Pagaza, Rafael Arenas y Alejandro Fernández. Como ocurre con todo acto contrario al nacionalismo obligatorio, los cachorros del poder trataron de impedirlo. Decenas de personas bloquearon el acceso a la sala donde, tras escenas de mucha tensión, el acto finalmente se celebró. Es cierto que los organizadores estaban más que advertidos: dos días antes, su carpa informativa había sido atacada. Era el enésimo aviso. Pero ni los organizadores, ni los asistentes —entre ellos Cayetana Álvarez de Toledo— se achantaron; reivindicaron su derecho a celebrar el acto y a entrar en la sala por la puerta principal. Por fin, tenemos ante los ojos una caso donde es sí es pertinente nombrar a Rosa Parks; los constitucionalistas se mantuvieron firmes ante quienes querían humillarlos.   

No hay nada nuevo en que los derechos fundamentales de un colectivo constitucionalista sean atacados en sede universitaria. Quizá lo peor de una infamia es cuando por reiteración deja de sorprendernos. ¿En qué ha quedado la universidad? Durante el franquismo, la universidad fue una institución incómoda para el poder. Ahí se leían libros, se discutían ideas, se organizaban complots y se soñaban futuros. Era un oasis en mitad del desierto, y ahora es un desierto en mitad de una tierra, cada vez más baldía. Debemos asumir que la universidad en Cataluña es hoy un cementerio de libertades. Para quien no es nacionalista, la libertad queda muy lejos de la universidad. Y es que el nacionalismo todo lo teje con mimbres totalitarios. De esta manera, la universidad no es un dique contra el poder, sino uno de sus brazos armados, quizá donde la metástasis nacionalista es más evidente. Los camisas pardas actúan bajo la mirada cómplice de las instituciones, que aplauden que se borre del espacio público a sus adversarios políticos. La predisposición de los jóvenes a la fanatización hace de la universidad el lugar perfecto para el delirio. En los últimos años ya hemos visto como cualquier opinión contraria a la doctrina nacionalista es objeto de señalamiento, boicot, persecución y agresión. Lo saben bien los jóvenes de S’ha acabat!, como lo sabían los de SCC. Sus caras y sus nombres están fichados, y deberíamos comenzar a darles la relevancia política que se da a un amenazado.

Porque lo esencial no es el boicot del acto, sino la naturalidad con que se escenifica el odio, la desvergüenza con que se impide al adversario respirar. Laura Borràs (JxCat) ha declarado refiriéndose a Álvarez de Toledo: «cuando buscas problemas los encuentras». El mensaje es claro: los no-nacionalistas han de elegir entre vivir con la cabeza agachada o con miedo; en Cataluña, únicamente los nacionalistas son libres. Este totalitarismo está normalizado en instituciones clave, y la defensa de las libertades no puede depender de un puñado de jóvenes heroicos. Es imperativo que el Estado se presencie para garantizarlas. Es momento de gritar S’ha acabat!

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