Josu de Miguel

Shabat en Jerusalén

Ha comenzado el Shabat, día sagrado de la semana judía. Se respira un ambiente de pujanza espiritual y tensión religiosa.

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Shabat en Jerusalén
Foto: Muhammed Muheisen
Josu de Miguel

Josu de Miguel

Abogado de causas perdidas y profesor de universidad, donde enseña derecho público.

El viernes la expedición llegó a Tel Aviv, capital administrativa de Israel. Primero, el Puerto de Jaffa, donde llegaban los barcos repletos de judíos tras la Shoah en Europa. Allí un tendero nos explica que aquella era una zona árabe que fue progresivamente ocupada por judíos antes de la II Guerra Mundial, bajo mandato británico. Tras una breve visita, nuestro errático guía nos lleva hasta la avenida Rothschild, un boulevard con aire bonaerense rodeado de magníficas villas construidas en la década de 1920 por arquitectos de la escuela de Bauhaus. Terminamos la visita con un baño en las playas del Mediterráneo, con ostentosos rascacielos a nuestras espaldas y un ambiente cosmopolita y atento a las vanguardias estilísticas: mi señora me llama la atención sobre jóvenes que van en bañador y calzan unas botas de granjero australianas que se han puesto de moda en todo el país.

De vuelta aterrizamos en el Huerto de los Olivos. La idea es bajar desde allí hasta el Muro de las Lamentaciones andando. Dejamos atrás controles policiales y entramos a la ciudad vieja por la Puerta de los Leones, que da paso a la Vía Dolorosa, un pequeño parque de atracciones donde se suceden los acontecimientos que marcaron las últimas horas de la vida de Jesús. Impresiona la pobreza del barrio musulmán y la desconfianza con la que nos observan sus habitantes un viernes por la tarde. Ha comenzado el Shabat, día sagrado de la semana judía. Se respira un ambiente de pujanza espiritual y tensión religiosa. Llegamos por fin a la Explanada del Templo, espacio ganado a Jordania tras la Guerra de los Seis Días el 7 de junio de 1967. Mario Sznajder, en su Historia mínima, señala que la mayor parte de los problemas del Israel contemporáneo provienen del éxito de esa contienda militar, pues se pone en marcha una política de expansión territorial basada en un derecho de conquista que ya no tiene sitio en las formas de legitimación moderna.

El Monte del Templo es la zona cero de las religiones. La parte musulmana, presidida por la extraordinaria Cúpula de la Roca, domina desde posiciones de jerarquía los rezos en el Muro. Las plegarias de la mayoría ortodoxa se ven contrarrestadas por los cantos y la alegría de jóvenes pertenecientes al Comando del Frente Interior de Israel. El grupo se separa y algunos de nosotros decidimos salir hacia la calle de David buscando un poco de sosiego; la multitud y el individuo no siempre se llevan bien. Los comercios están cerrando y los vendedores, la mayoría árabes con un halo de tristeza que tardaremos en olvidar, intentan hacer algún negocio de última hora. Al final de la calle observamos con incredulidad una imagen que marcará el viaje: un judío vestido con traje, que camina a celebrar el Shabat, porta un M-16 a su espalda. La potencia de la fotografía expresa bien la situación actual del Estado de Israel: el Tercer Templo se sostiene sobre la espada y el libro sagrado, evidenciando la dificultad de hacer viable una democracia pluralista en un entorno demográfico, geográfico y cultural de notable hostilidad.

Dos días después regresamos a España. Hay huelga de taxis, los huesos de Franco siguen en su sitio y el Gobierno acaba de descubrir que se sustenta en una minoría parlamentaria. Asusta la frivolidad sobre la que parece que cabalgamos.

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