Lorena Monton

Shhh, se viaja

Más que un nuevo servicio, lo del AVE Silencioso es un toque de atención. Desde que se pusiera en marcha el tren de alta velocidad, las plataformas entre vagones han sido el punto donde llevar a cabo cualquier tipo de conversación.

Opinión

Shhh, se viaja

Más que un nuevo servicio, lo del AVE Silencioso es un toque de atención. Desde que se pusiera en marcha el tren de alta velocidad, las plataformas entre vagones han sido el punto donde llevar a cabo cualquier tipo de conversación.

Más que un nuevo servicio, lo del AVE Silencioso es un toque de atención. Desde que se pusiera en marcha el tren de alta velocidad, las plataformas entre vagones han sido el punto donde llevar a cabo cualquier tipo de conversación. O así debería haber sido. Sin embargo, los habituales de este transporte sabemos que aquello se quedó en utopía. Ya ni siquiera la megafonía alerta de la necesidad de guardar silencio durante el recorrido o de bajar el volumen de los móviles para evitar molestar a los viajeros. Renfe lo intentó, sí, pero de nada sirvió. 

En España tenemos un problema de base que es cultural: somos ruidosos. Convivir con el silencio no tiene nada que ver con nuestro carácter ibérico, y la proliferación de gadgets tecnológicos no ha hecho más que intensificar nuestro sonoro way of life. Casualmente, este fin de semana hablaba con un holandés afincado en Barcelona desde hace 7 años. Ante mi pregunta de qué era lo que no le gustaba de nuestro país, su respuesta fue clara: gritáis mucho. Parece que es nuestra seña identificativa pero, ¿hasta qué punto debemos excusar en nuestra cultura lo que para muchos es una falta de educación?

Salta a la vista que los responsables de Renfe son conscientes de esta característica tan española, e intentando ser políticamente correctos han reservado unos vagones donde se mantiene el silencio. Pero teniendo en cuenta que los precios  serán los mismos que los de los vagones “para ruidosos”, mucho me temo que la distribución de pasajeros por emisión de decibelios poco durará. La única manera de decirnos que bajemos el tono sin llamarnos maleducados a la cara acabará siendo, como la mayoría de cosas en nuestro país, por la única vía infalible: a golpe de sanción. Otra característica muy made in Spain.

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