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"El pecado más notable de 'Los dos Papas' es esa omisión acerca de los abusos cometidos por miembros de la Iglesia durante décadas"

Foto: Richard Shotwell | AP

La película Los dos Papas del cineasta brasileño Fernando Meirelles estrenada recientemente en Netflix refleja dos modos muy diferentes de estar en el mundo: o bien sostenido por la sensualidad, o bien por el intelecto. Ambos convivieron en uno de los momentos más fascinantes de la historia reciente de la Iglesia Católica: Francisco Bergoglio y Ratzinger, más conocidos por todos como el Papa Francisco y Benedicto XVI se encontraron para dar forma a una sucesión poco común.

Hay en la cinta de Meirelles una clara posición en favor de Francisco –al que se le ve entrañable, divertido, le gusta el fútbol, el tango y la pizza-, que ensombrece hasta la antipatía a Benedicto, un señor bastante hosco y rematadamente conservador. Me pregunto si el cineasta necesitaba denigrar así la figura de uno para enaltecer la del otro, si la de Francisco no se sujeta por sí misma.

Toda la película está basada en una premisa que, al parecer, no está documentada ni aceptada por el Vaticano: el encuentro largo y profundo entre estos dos hombres durante el verano de 2012, en unos meses previos a la insólita renuncia de Benedicto XVI. Mientras caminan por los jardines de Castelgandolfo, comienzan a discurrir –con más o menos empeño- a propósito de las grandes ideas y los grandes temas de la Iglesia que son defendidos por uno y otro desde posiciones antagónicas: si Benedicto afea la conducta de gays y divorciados, Francisco les quiere dar la comunión. Si el alemán protesta enfurruñado, el argentino despliega una ironía filosa y divertida, tremendamente inteligente.

La conversación en la Capilla Sixtina es, probablemente, la médula de este film escrito por Anthony McCarten para lucimiento absoluto de dos bestias escénicas: Anthony Hopkins como un Benedicto al que le copia hasta el deambular curvado y, por supuesto, Jonathan Pryce, con un parecido extremadamente fiel al Papa actual. Sin ellos, la verdad que se respira en ciertos momentos poco realistas de la película sería inalcanzable.

El pecado más notable de Los dos Papas es esa omisión acerca de los abusos cometidos por miembros de la Iglesia durante décadas. O mejor dicho, ese susurro. La cinta no deja claro si Benedicto renunció forzado por el escándalo de la pederastia, si era una dimisión provocada por su avanzada edad o si, simplemente, comprendió que la nueva Iglesia le necesitaba fuera de ella.

En cualquier caso, Los dos Papas pone en escena una de esas cuestiones que vertebran nuestra actualidad global radicalmente polarizada: ¿pueden dos personas absolutamente opuestas sentarse a conversar para extraer de su diálogo alguna idea que haga el mundo un poco más respirable? Aquí Meirelles se muestra optimista y nos dice que sí, que claro que es posible. Sólo por este detalle –por este destello- vale la pena ver la película.

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