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Sí, Pablo, la bola entró

"Lo que Iglesias tiene en sus planes, que incluye los nuestros, es precisamente acaparar todo el poder, y por tanto todos los poderes"

Foto: Isaac Brekken | AP

“¿Bromea, o qué? ¡La bola entró!”. Pablo Iglesias tiene que sentirse como John McEnroe en el anuncio, cabreado porque el juez le haya anulado su jugada. ¡Con lo convincente que había sido su ataque a la independencia de los jueces, y va ahora el ministro Marlaska y se lo niega!

Es evidente el intento de Pablo Iglesias de denigrar el sistema judicial, y de envolver todas sus decisiones en un manto puramente ideológico, alejado de la estricta aplicación del derecho. Veamos sus palabras: “En España mucha gente siente que corruptos muy poderosos quedan impunes gracias a sus privilegios y contactos, mientras se condena a quien protestó por un desahucio vergonzoso”, en referencia a la condena de 19 meses de prisión a Isabel Serra.

Esto lo hace constantemente, con una técnica depurada y deshonesta. Él no habla en nombre propio, sino que es un mero portavoz de las inquietudes de “la gente”; una “gente”, que Iglesias hace suya como Manuel Fraga hacía suya “la calle”. E Iglesias proyecta sobre ella una valoración propia, sobre un hecho que, habitualmente, no se corresponde con la realidad. Es evidente que los corruptos, especialmente los únicos que Iglesias entiende por corruptos, que son los del Partido Popular, están en la sombra o caminito de Jerez. Y es evidente que no se juzgaba a Serra por detener un desahucio (que, por cierto, es un proceso que forma parte de la acción de la justicia), sino por delitos de atentado a la autoridad, lesiones leves, y daños. Pero dice que la Justicia exonera a los corruptos y condena a los inocentes como si fuera una obviedad, y él sólo hace de portavoz de la justa indignación de “la gente”.

Una cohorte de defensores de Pablo Iglesias ha defendido su derecho a la libre expresión, el mismo que él quiere cercenar a los demás. Y es de nuevo una manipulación, porque no es su derecho a expresar sus ideas lo que está en entredicho, sino que son un ataque al sistema judicial por parte de un vicepresidente del Gobierno.

Resultan un tanto ingenua la crítica de que Iglesias está atacando la división de poderes. Porque lo que Iglesias tiene en sus planes, que incluye los nuestros, es precisamente acaparar todo el poder, y por tanto todos los poderes.

No es que no hayan sido claras como las aguas del Caribe en sus intenciones. Pero da muestra de su voluntad de agrupar todos los poderes bajo su manto cuando retuerce la realidad de la justicia, y la describe no como un ámbito en el que se aplican las normas con la objetividad de que es capaz el hombre, sino como un terreno en el que lo único que cuenta es la disputa ideológica, o el juego de los intereses en el que él se arroga en exclusiva la defensa de los de “la gente”. Y en ese terreno no admite otra posición que no sea la suya. Y, por tanto, nada, y menos unos jueces “de ideología conservadora”, como dijo en el Congreso, se le puede oponer. De modo que sí, la bola entró.

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