Lea Vélez

Si tú quieres, puedes

«Ciérrate el camino de vuelta, quema las naves, dile a tus amigos que te vas, vende tu coche, compra el billete»

Opinión

Si tú quieres, puedes
Foto: Kinga Cichewicz| Unsplash
Lea Vélez

Lea Vélez

Lea Vélez es escritora. Su novela más reciente es “La sonrisa de los pájaros” (2019). Es autora también del ensayo literario "La Olivetti, la espía y el loro" (2017) y de la novela "Nuestra casa en el árbol" (2017)".

El mundo es lo que queramos a veces. Qué difícil es separarse de la opinión, la corriente central de pensamiento, la mirada del otro. Pero es posible y el mundo es lo que queramos que sea si sabemos lo que queremos. Saber lo que uno quiere, tener el modelo para pintar el cuadro vital, esa es una de las claves de la existencia feliz.

Pero perseguir ese modelo y adaptar la mente a una nueva realidad, construirla sin rayar en la locura, no son cosas fáciles, requieren esfuerzo diario y constante, pasos valientes y también, por qué no, pasos cobardes, o llamémosle “prudencia y contención”. Esta contención no es otra que la de saber recogerse cuando el nubarrón interior hace temblar nuestros cimientos y saber expandirse con cosas que nadie enseña, que se aprenden por imitación de una madre, de un padre o de aquello que nos ha obligado a hacer la vida, como miles burocracias, papeleos inútiles, llamadas interminables a alguna centralita. Ir a por eso que queremos y conseguirlo no es un superpoder, pero puede parecerlo. O como decía mi marido cuando calculaba la multiplicación de dos números larguísimos en su cabeza y yo me maravillaba: “no es un superpoder, solo uso trucos matemáticos”.

Así que conseguir lo que uno se propone no es un superpoder. Son solo trucos cotidianos. Es, sobre todo, sacudirse la pereza y negarle el agua a todo eso que nos empuja a seguir tal y como estamos. Es aborrecer esa frase de “si no estoy tan mal” o esa otra de “más vale lo malo conocido”.

Pero pongamos que sí, que queremos cambiar de vida, que queremos hacer algo que siempre hemos deseado internamente pero que no era práctico dadas las circunstancias, o que sentíamos que no éramos capaces de hacer y que mejor sería no intentarlo para no perder esto que sí tenemos y es seguro. ¿Cómo lograrlo? Partamos de hacer algo mucho más humilde que cambiar de vida, como por ejemplo, acabar de escribir este artículo mientras los obreros del piso de arriba golpean el suelo como si quisieran destruir el edificio. Lo primero es ignorar las voces internas, nuestras odiséicas sirenas que gritan “déjalo para más tarde, dile a tu jefe que hoy se lo mandas a las seis”. “No, malditas endemoniadas sirenas. Seré homérica y escribiré mi artículo como siempre a esta hora, porque si me salgo de mi rutina y la rompo, ya jamás podré escribir un solo articulo y entregarlo a tiempo. Tú puedes, siempre puedes y podrás con golpes o sin ellos”… y mira, estoy pudiendo.

Con el cambio de vida es lo mismo porque uno no la cambia toda a la vez, sino que se adentra en un camino, o mejor dicho, en un bosque lleno de maleza. Entramos, miramos a lo oscuro y huy, qué miedo, pero entrar es proponérselo y una vez allí, entre árboles y zarzas y bellas flores también, es usar esos trucos que te impiden volver atrás, tirar la toalla. Ciérrate el camino de vuelta, quema las naves, dile a tus amigos que te vas, vende tu coche, compra el billete.

“Tú puedes hacer lo que te propongas” era una frase que me repetía mi madre una vez y otra vez. Nunca entendí por qué me la repetía con tanto afán, pues yo de niña no me proponía nada más que jugar con mis muñecas. La frase siguió constante a lo largo de mi adolescencia y de mi juventud. Nunca fui consciente de que efectivamente, quería cosas y las conseguía solo si tenía una motivación enorme, “si me lo proponía”. ¿Pero cómo se propone uno algo? ¿Cómo se llega a ese pacto con el cerebro en el que la motivación propicia la acción? Una amiga escritora tiene siempre muchos problemas de motivación. Le cuesta un mundo, mil mundos, sentarse a escribir. Su motivación la lleva por otros derroteros, a viajar, a centrarse en esos otros trabajos que dan de verdad de comer a los escritores, como la televisión. Ella me dijo que leyó en alguna parte que nuestro instinto impulsa la motivación si estamos en un ambiente apropiado, rodeados de personas parecidas a eso que queremos ser. Si queremos ser músicos, rodeémonos de músicos, si escritores, rodeémonos de gente de la cultura y de las letras. La competencia amistosa -y a veces no tan amistosa- nos hace quererlo más, desearlo más, trabajar por ello gracias a una motivación invisible que se enciende como una corriente eléctrica, pero a ella eso no le termina de funcionar porque tiene algo en qué apoyarse. Un trabajo fijo en TVE. Y si tienes algo en qué apoyarte, indefectiblemente, te apoyarás en ello.

Ahora me he mudado a otro país. Llevo una semana confinada en Reino Unido –me obligan a hacer cuarentena de 14 días aunque venga de un país con menos casos–. Las voces interiores no dejan de gritar, y más cuando los obreros del piso de arriba me machacan metafóricamente el cráneo poniéndome difícil la escritura. Mis voces odiséicas persisten: ¿y si no te va bien aquí? ¿Y si es un error? ¿Y si los niños sufren más en este colegio? ¿Y si todo el dinero invertido en el cambio es una equivocación? Las voces no paran y mi deber es acallarlas, pero no puedo, así que mientras los señores de arriba golpean, yo creo en mí. Me digo: “tú puedes”. Tú puedes, y punto, usa tus trucos y tus herramientas a pesar del miedo. Lo has probado repetidamente, que puedes con todo lo que la vida quiera lanzarte. Puedes y podemos, todos podemos sobreponernos a los miedos, a lo que sea, siendo pacientes, controlando los nervios, controlando las voces derrotistas interiores que tiene hasta el más valiente.

La rutina, madre de todas las virtudes hace que jamás nos preguntemos si un puente aguantará cuando lo cruzamos con el coche. Nosotros también aguantaremos todo, siempre, porque somos como los puentes, que a veces se rompen, pero no es lo normal.

Hay que seguir, con esto, con la vida, con lo que nos eche a la cara, con la muerte o la enfermedad, con el duelo, con el miedo. Hay que seguir en este terreno desconocido y trabajar en el día a día, seguros de que se puede cambiar, se puede llegar al otro lado sin que nada se rompa, sabiendo que lo interesante es abrirse camino a machetazos en busca de luz, aunque hoy solo sea escribiendo este artículo y entregándolo a su hora.

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