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Siempre hay algo que va mal

Foto: Unsplash | Unsplash

Yo estoy doctorado en baja autoestima. Hay facetas de mi vida de las que huyo como las avestruces, hundiendo la cabeza en el olvido para no verme a mí mismo. Es lo que me pasa, por ejemplo, con los bailes de salón. Mi mujer se ha empeñado varias veces en someterme a ese escarnio público y yo acabo cediendo porque sé que le hace ilusión. Normalmente ella me anima diciéndome que no lo hago tan mal, y yo, que soy sensible al valor terapéutico de las mentiras piadosas, se lo agradezco… aunque, como ha descubierto ya cualquier niño de 11 años, un halago inmerecido es una forma tan sofisticada de humillación que no admite defensa.

Yo sé lo que es no dar pie con bola y que te digan afrentosamente que al menos lo has intentado.

Les aseguro que me sentí liberado cuando un profesor de baile mejor dotado para el foxtrot que para la hipocresía, me susurró en un aparte: “No se ofenda, pero tiene usted la misma gracia bailando que un saco de patatas”. Le di un abrazo de agradecimiento. Me había proporcionado la razón definitiva para apartar de mi aquel cáliz y, como la zorra y las uvas, justificar mi huida con un argumento que mantengo en pie, a pesar de las críticas que me ocasiona: “¡Bailar no es de hombres!”. Y así me puedo dedicar a Platón, que es lo que me gusta.

Por cierto, le debo el título de este artículo a un filósofo que sabía bailar, Camus, que insistía en que “siempre hay algo que va mal”, mensaje que me parece mucho más optimista que el “todo siempre va mal (“tout est voué à l’échec”) del pesado de Sartre.

La vida no se adentra en el futuro como una punta de lanza, dejando tras de sí el hilo hilvanado de una biografía. Si fuera así, cada frustración nos exigiría un rodeo existencial agotador. La vida es más bien un frente amplio, como el de un ejército que se adentra en tierra desconocida desplegado en un frente de miles de kilómetros. Aquí la vanguardia se adelanta, allá retrocede; aquí hay guerra de trincheras, allá, de guerrillas; aquí sitiamos una ciudad enemiga, allá abandonamos otra a su suerte para no detener nuestro avance… Lo que queda atrás es un tejido en el que siempre hay algo que ha salido mal. ¿Y qué? ¿Por eso hemos de rendirnos?

La gran Louise Brooks encargó a su hermano que grabara el siguiente epitafio en el mármol de su tumba: “La manera como he llevado mi vida me llena de horror. He fracasado en todo: en ortografía, en aritmética, en equitación, en natación, en tenis y en golf; en la danza, el canto y la comedia; en los papeles de esposa, amante, puta y amiga. Ni tan siquiera he tenido éxito en la cocina. Y no puedo recurrir a la banal excusa del no lo he intentado. Lo he intentado con todas mis fuerzas.” Su hermano, más objetivo que ella, no le hizo caso. E hizo bien.

Todo esto viene a cuento (bueno, lo de Brooks es un intento desesperado de mantener viva la atención del lector) de la preocupación enorme que le causa a nuestra ministra de educación la autoestima de nuestros alumnos, que a mí me afecta muy directamente, ya que me recorro las escuelas de España defendiendo los que he dado en llamar los 3 derechos inalienables del niño:

  • El derecho a tener unos padres tranquilos (por razones obvias).
  • El derecho a tener unos padres imperfectos (porque hacerse adulto significa aprender a querer a tus padres siendo consciente de sus imperfecciones).
  • El derecho a ser frustrado (porque es la condición imprescindible para desarrollar el pensamiento estratégico que necesita el general que haya de dirigir un frente amplio).

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