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Siete fracasos antifranquistas

"Hoy se marca un antes y un después en el tratamiento tan enrevesado de la figura del antiguo Jefe de Estado y, por tanto, en el devenir de nuestra democracia"

Foto: JAVIER BARBANCHO | Reuters

Con la exhumación de Francisco Franco se consuman siete fracasos antifranquistas. Hoy se marca, en un sentido contrario al deseado por los promotores de la exhumación, un antes y un después en el tratamiento tan enrevesado de la figura del antiguo Jefe de Estado y, por consiguiente, en el devenir de nuestra democracia. Supongo que algunos se preguntarán qué fracasos son ésos en esta hora de la gran victoria (un tanto retrasada) del antifranquismo arrollador. Sin entrar a discutir la figura del general, vamos a enumerarlos.

1) El chivo expiatorio. Se lee poco a René Girard y eso que el lúcido antropólogo francés nos explicaría perfectamente muchas de las cosas que nos pasan y casi todas las que hacemos. Según su teoría, chivo expiatorio es la figura a la que, tras cargarle con todas las culpas de la comunidad, se sacrifica real o simbólicamente para propiciar la comunión de los sacrificadores y el apaciguamiento de las tensiones y contradicciones sociales. No hay duda de que Francisco Franco ha venido siendo un rentable chivo expiatorio para la izquierda y los nacionalismos, que han podido celebrar alianzas políticas en apariencia contra natura a la sombra de un antifranquismo mítico. Sin embargo, ahora, cuando más falta le hace a Sánchez una unidad en torno a su persona, ni Franco va a ser capaz de propiciarla. Va a fallarle aunque lo saque en procesión de su tumba en rogativas. El nacionalismo catalán camina ya por libre, desatado; el vasco espera su momento; Iglesias rumia la venganza por tantos desplantes y Errejón mira al futuro y la utopía.

2) La deslegitimación infinita. El antifranquismo oficial y obligatorio sirvió para minar las bases morales de una derecha española que lo negó tres veces y cuántas hiciera falta. Hijos de jerarcas y generales franquistas votaban en el parlamento el repudio del régimen anterior porque la economía era lo importante. Y la izquierda volvía a exigírselo una y otra vez porque sabía que así les socavaba la dignidad. Nadie vota impunemente, sin diferenciar entre luces y sombras, a bulto, contra su historia y renegando de su familia. No toda la derecha descendía del franquismo (del que también descendían grandes prebostes de la izquierda, además) y, sobre todo, mucha derecha venía de mucho antes de Franco o corría por caminos distintos, pero la condena al franquismo deslegitimaba a todos en cuanto que les imponía la confesión de un pecado original, único, absoluto y contagioso. Que el mecanismo era infalible lo demuestra el hecho de que en España sólo se han opuesto al rodillo ideológico de las izquierdas personas que venían de la ultraizquierda y que, por tanto, no tenían que pasar por las horcas caudinas. La última ley de la memoria histórica, aceptada de nuevo por todos, y la subsiguiente exhumación han provocado, sin embargo, que un pequeño partido, Vox, se niegue a pasar por el aro; y eso, como la declaración de los niños del Traje Nuevo del Emperador, no tiene vuelta atrás.

3) La memoria paralela. Otro cambio ya venía dejándose sentir (cada vez se escribe más y mejor de la historia de España y no sólo Paul Preston), pero hoy se consolida: la memoria histórica será completa y para todos o no será. Se están recordando datos macroeconómicos del franquismo o índices de bienestar social muy sorprendentes. Y obsérvese cómo se rememoran, en paralelo, las pulsiones tanatófilas de la izquierda en el 36 y la larga trayectoria del PSOE. Cabe sospechar que había una intención, supongo que tan inconsciente como freudiana, de hablar sin descanso de la memoria del otro para que eso ocupase todo el foco y poder hacer un mutis memorioso por las bambalinas del olvido.

4) Cartel electoral. La exhumación de Franco, a estas alturas, ha dejado de dar votos. Hay una ley de la utilidad marginal decreciente de la propaganda. Ni siquiera entre los antifranquistas es un factor decisivo. La mayoría de los que celebren la exhumación serán votantes de otros partidos, que no piensan cambiar de papeleta ni por asomo. Al PSOE le queda el papelón de explicar esto a sus votantes clásicos, partidarios de la reconciliación nacional. No olvidemos que los socialistas de antaño protagonizaron esa Transición que tan ostensiblemente rechazan los líderes actuales.

5) Subraya carencias. Franco, que le funcionaba a la izquierda como disolvente ético de la derecha y, a la vez, como aglutinante político propio, si se le coloca demasiado al frente en unas elecciones, como está siendo el caso, y además se televisa y se presume, termina resultando contraproducente. El incomprensible anacronismo de su papel protagonista en una campaña electoral del siglo XXI es tan apabullante que parece querer tapar los problemas reales: paro, Cataluña, crisis económica en ciernes… Por eso mismo, los subraya en su vergonzante realidad.

6) La melancolía de lo inútil. Una vez sacado Franco del Valle de los Caídos y enterrado en Mingorrubio, ¿dejará el Valle de los Caídos de ser un monumento asociado a su figura? Yo diría que estamos en un caso de libro de «si éstos callan, gritarán las piedras». Y han callado tantos, que las piedras van a resultar de una locuacidad ensordecedora. Encima, Mingorrubio tendrá, desde hoy, la condición de lugar franquista. Lo han multiplicado por dos. No hay que descartar una resaca gubernamental por el desconsuelo que siempre deja el esfuerzo vano.

7) El vértigo mimético. Volvamos (siempre y ahora) a René Girard. Explica que, cuando las víctimas propiciatorias se muestran ineficaces, se corre el peligro de que los sacerdotes del rito entren en pánico y fuercen la máquina de los sacrificios, enloquecidos de impotencia. El sentido común aconsejaría a la izquierda que, comprobando que ha matado a su gallina de los huevos de oro, se dejase reposar la cuestión (y el cadáver). Sin embargo, la mecánica sacrificial tiende a incrementar la frecuencia y la amplitud de sus acciones. ¿Es posible que asistamos a nuevas medidas más histriónicas en aplicación de la ley de la memoria histórica? Muy posible, pero resultarán, en puro círculo vicioso, cada vez más inútiles, más contraproducentes y más contestadas.

Lo ideal, para sus promotores, sería dejarlo ya.

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