José Carlos Rodríguez

Sin esperanza

Los medios han contado, aliviados, cómo las primeras informaciones sobre la muerte de Noa eran falsas: no murió en un protocolo de eutanasia. El alivio es comprensible

Opinión

Sin esperanza
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José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

Noa Pothoven (Arnhem, Países Bajos, 2001) ha muerto tras una dolorosa y prolongada agonía auto infligida. Un ayuno definitivo, cruel, se impuso sobre el dolor del cuerpo, que debió de gritarle a Noa en una desesperada llamada a seguir con vida. La inanición lleva al cuerpo a consumir primero los azúcares. Luego viene un largo período en el que la grasa otorga combustible al organismo. Cuando éste se ha agotado, las células descomponen sus proteínas en aminoácidos como recurso final. Es lo que se llama catabolismo, una especie de autocanibalismo orgánico que mantiene la vida a costa del funcionamiento de los órganos vitales. Esto causa un agudo dolor que sólo desaparece con la muerte.

Pothoven no murió sola. Estuvo en todo momento acompañada por sus padres. Los tres han convivido durante años con el dolor de Noa. Quería morir desde hacía un tiempo. Con once años sufrió una agresión sexual en una fiesta infantil y con catorce fue violada por dos hombres. Ella comenzó a acercarse al precipicio por medio de la anorexia, manifestación del rechazo que sentía por el propio cuerpo. Me veo incapaz de hacerme a la idea del daño moral que ello debió imprimir en la joven Noa.

Los medios han contado, aliviados, cómo las primeras informaciones sobre la muerte de Noa eran falsas: no murió en un protocolo de eutanasia. El alivio es comprensible. Debemos comprender que la eutanasia es buena, es justa, y tiene el rostro de una vida ya gastada, cumplida, a la que le restan unos últimos años inútiles y dolorosos. O el de sus seres queridos, que por amor desean para él, o para ella, una muerte más temprana. Pero no el de Noa. Noa tenía un rostro bello, que no podía ocultar una clara inteligencia en su mirada, y que desmentía con su lozanía sus deseos de morir.

No es que ella no lo dejase claro. Tenía una cuenta en Instagram donde exponía sus intenciones, y daba sus razones. No he querido comprobar cuántos ‘likes’ tiene. Escribió un libro titulado Ganar o aprender. Intentó suicidarse en varias ocasiones, sin éxito. Buscó la vía de la eutanasia, que en su país es legal desde los 12 años, pero fue rechazada por los sacerdotes supremos que deciden si tienes o no derecho a acabar con tu vida dentro de la ley. Sus padres lo han hecho todo por mantenerla a su lado. Noa ha ido a todo tipo de terapias. Han recurrido hasta el electro shock. Pero se han quedado sin recursos, y finalmente decidieron no forzar su alimentación.

Tampoco les voy a juzgar. No quiero explorar el dolor que siente un padre ante la pérdida de un hijo, ni acercarme al que habrán sentido al intentar sacar a Noa del pozo de sufrimiento en el que había caído. Pero hay preguntas que no puedo dejar de hacerme. ¿De veras no hay recursos morales para transmitir esperanza y ganas de vivir a una joven de 17 años? Una sociedad libre, tan rica que ha llevado a los jóvenes a albergar preocupaciones etéreas, como el cambio climático, no carece de medios para alimentar los planes con que trabamos nuestras vidas. Pero ¿no falta algo más? ¿No habremos tenido demasiado éxito en expulsar de nuestra sociedad a una concepción de la vida que nos pide fe, pero que a cambio nos promete caridad y esperanza? Yo, con mis dudas, soy una muestra más de ese éxito. Pero honestamente creo que hemos podido llamar progreso a una eutanasia moral que, como el caso de Noa, a veces conduce a la muerte.

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