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Opiniones libres de algoritmos

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Sin memoria

La exposición deben haberla instalado en uno de los barracones donde los presos del Tercer Reich malvivían en aquel campo de concentración. Un campo más. Otra vez Polonia. Una variante más del genocidio programado. Lo redescubro en una de las fotografías de nuestra parte alta.

Nos conmueve, pero diría que no nos sorprende. Ya no puede sorprendernos porque puede ser noticia, pero ya nunca será novedad. No puede serlo. Porque a copia de verla tantas veces repetida (en el cine, en exposiciones, en los propios campos, en la literatura), es una iconografía que se ha integrado en nuestra memoria: la memoria colectiva de muchos de los ciudadanos europeos de la segunda mitad del siglo XX, la memoria sobre la cual se ha fundado una conciencia ciudadana. No hay novedad sino la adherencia de una capa más en aquella parcela de la memoria compartida. Son las estampas de los campos y sus objetos. Colocados uno junto al otro, aquí, cuatro pobres uniformes alineados en unas sencillas vitrinas. Las rayas azules, grises, despintadas, activan la tragedia que en nuestra memoria sabemos que está asociada a ellos, la memoria que nos convierte en comunidad porque sabemos que nunca regresaremos allí. No nos sorprende, pero nos conmueven.

Y de esta fotografía salto a otra. No debería haber subjetividad, pero hay quien se resiste a plantearlo en términos objetivos. Ocurrió hace pocos días. Y la estampa, que es nueva, no conmueve porque es de una inquietante vulgaridad, de una desoladora ausencia de hondura. Era el inicio de las excavaciones en una zona de Alfacar, en la provincia de Granada, donde podría descubrirse una fosa común de gente asesinada durante la Guerra Civil. Una fosa donde quizá estén los restos de Federico García Lorca. Pero el investigador que impulsa dicha excavación niega que el crimen de Lorca tuviese una motivación política y, a partir de la repetición de ese equívoco, como si nuestra tragedia civil fuese una rencilla de familias, el tópico local se perpetua (como un drama más, otra tragedia rural) y así no hay posibilidad de fundar una comunidad sobre una memoria democrática compartida.

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