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Sin noticias de la primavera

Decía Francisco Silvela que una de las mejores maneras de evitar la cursilería consiste en no seguir las modas sino de lejos. Pues en política internacional también conviene desconfiar de las tendencias.

Decía Francisco Silvela que una de las mejores maneras de evitar la cursilería consiste en no seguir las modas sino de lejos. Pues en política internacional también conviene desconfiar de las tendencias, evitar de cualquier modo las modas novísimas, dictadas siempre con sospechosa unanimidad y obedecidas -qué remedio- con disciplina soviética. Será por el invierno, que no cesa, pero de la primavera árabe ya no tenemos noticia, en su lugar nos llegan sólo distintas modalidades de barbarie. Más que como un acontecimiento histórico, aquella agitación primaveral la recordamos como una exitosa campaña publicitaria, parecido a la chispa de la vida, ese tiempo en el que parecía imposible sonreír sin haber tomado una Coca Cola. Sabremos algún día -o ninguno- quien pagó esos spots convertidos en noticias de televisión y de redes sociales, los que dibujaban la plaza Tahrir como si fuera la pradera de Woodstock, un entusiasmo universal y digital, comparable sólo a los lanzamientos de los teléfonos de Apple. Los jóvenes occidentales -de Connecticut a Fuenlabrada- celebraban a través de twitter la lucha por la libertad de sus hermanos egipcios, libios o tunecinos. Se hacían sobre el tema camisetas con leyenda, y rescataron eslóganes parisinos, como si en Trípoli hubiese estallado un movimiento hippie.

Es cierto que hubo semejanzas. En Tahrir se debió de dar un número de violaciones similar al del concierto de Woodstock, y los libios nos regalaron imágenes del tipo familia Manson. Llegó la primera decepción al descubrir que nuestros aliados -los rebeldes- no eran gente como para invitar al club de campo, por sus maneras más que rudas, y porque gritaban lo mismo que habríamos escuchado en las cajas negras del 11-S si no se hubieran desintegrado. El Parlamento Europeo se ha quedado con las ganas de otorgar el premio Sajarov al tipo que empaló a Gadafi, y los islamistas sirios no optan -de momento- al Príncipe de Asturias de la Concordia. La primavera árabe -que tanto molaba cuando era icono perrofláutico y trending topic- ha dejado tras de sí una estela de ciudades incendiadas, guerras civiles y gobiernos islamistas. Sangre pasada de moda que ya no inspira las pintadas de los consentidos niños de occidente, esos revolucionarios de plexiglás que desde el 68 son la versión más dañina de lo cursi.

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