Jose Maria Inigo

Sin piedad

La historia la hemos visto en las películas americanas en infinidad de ocasiones. A última hora, momentos antes de ejecutar a un condenado a muerte, llega una llamada de la autoridad competente, se suspende la ejecución, y el reo vuelve a su celda.

Opinión

Sin piedad

La historia la hemos visto en las películas americanas en infinidad de ocasiones. A última hora, momentos antes de ejecutar a un condenado a muerte, llega una llamada de la autoridad competente, se suspende la ejecución, y el reo vuelve a su celda.

La historia la hemos visto en las películas americanas en infinidad de ocasiones. A última hora, momentos antes de ejecutar a un condenado a muerte, llega una llamada de la autoridad competente, se suspende la ejecución, y el reo vuelve a su celda después de llevar el susto de su vida.

Pues esta historia ha vuelto a suceder en Oklahoma donde dos condenados a muerte por asesinato han pasado la tremenda prueba de estar al borde de decir adiós a este mundo, incluso ya en la habitación donde se llevan a cabo las ejecuciones, y recibir la llamada milagrosa que anula o pospone la operación.
Y se me ocurre pensar cuan será el procedimiento que se lleva a cabo en el sistema de prisiones en Estados Unidos para que esa llamada de “stop, stop” llegue siempre a pocos segundos de despachar al otro mundo al condenado. ¿Es que no se puede estudiar esa decisión con antelación, días u horas antes, sin necesidad de castigar al condenado a una situación extrema que incluso podría costarle la vida de un ataque al corazón. ¿No es apurar demasiado esperar hasta el último instante para dar la orden de suspensión a los verdugos inmersos ya en su tremendo oficio y a punto de despachar al condenado?
No se puede tratar a ningún ser humano con una frialdad tal. No es necesario esperar al último instante para suspender una ejecución. No es piadoso, no es justo y no es humano. Y muchos menos comprensible.

Puestos a no entender tampoco entiendo esa afición morbosa de los invitados a ver a través del cristal las ejecuciones en directo. Y según me cuentan son multitud los interesados en contemplar los últimos momentos de vida de esos pobres individuos, recorriendo a todo tipo de enchufes y artimañas para conseguir una butaca de primera fila. Tan macabro espectáculo, al menos en Oklahoma, tendrá que posponerse de momento. Ojalá que en próximas ocasiones, si llegan a suspenderse, no llegue la orden cuando el reo ya tenga la soga al cuello, o le hayan atado a la silla para achicharrarlo ante las miradas complacidas de unos espectadores de muy dudoso gusto.

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