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Sin precio, libertad

Con la muerte de Fidel Castro se han destapado ciertos debates en principio olvidados, o al menos superados en los primeros pasos del siglo XXI. De hecho, hay una generación, en la que me afirmo, nacida o educada en esos años, a la que la dictadura de Castro o el Tratado de Belavezha le suena más a Historia que a nostalgia. Pero si doctores tiene la Iglesia, no digamos la economía, ese dios material, de papel y hueso, absoluto. Estos últimos predicadores han ido por el mundo de sus ideas pontificando un argumento más antiguo que el hilo negro, aunque revestido, en su ideario, se entiende, de original novedad.

El debate, o la propuesta, se basa en justificar la existencia de un sistema de gobierno autoritario según sus aportaciones, sus éxitos, en política social. En justicia social. Desde este planteamiento, el gobierno socialista de Cuba habría sido un referente para el mundo, pues suministraba trabajo al que acabara sus estudios, garantizaba un techo a quien pidiese alojamiento, aseguraba alimento al que tuviese hambre. Mira, mira, cómo salen a la calle en esta novena de luto por lo civil. Ni que decir tiene que todas estas pruebas –apuntes, más bien- son susceptibles no sólo de interpretación sino de refutación, y que en ellas abunda más el sentimiento que el hecho, como en cualquier defensa unívoca de la ideología.

Pero el criterio persiste, no tan minoritario como se podría suponer, y observas a chavales de veinte años optando por la justicia social antes que por las libertades, por los derechos humanos, si me apuran. Una conducta que denota un determinismo impropio de cualquier juventud: prefiero que el Estado me ampare, me asegure, me proteja, aunque el precio que soportemos no sea tanto el de los impuestos como el de las libertades.

Uno de los rasgos –y de las diferencias respecto del autoritarismo- de las democracias es el riesgo de la libertad; otro, la condición de individuo en su relación con el Estado. Es la persona quien, a cambio de unas prestaciones, determina y contribuye al Estado, y no al revés. Pero esto no parece apreciarlo el muchachito que nació soberano, y próspero, a pesar de todo. Y en su conmovedor planteamiento, tan reaccionario en fondo y forma, y que no es otro que el de dame pan y dime tonto, se imagina rebelde, revolucionario.

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