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Síndrome de Estocolmo en Caracas

Foto: Ariana Cubillos | AP

Del zapaterismo sabíamos que era una nube, una voluntad de nada, un aprobar lo que salga del Parlament y plegarse después a los mercados con las ‘zejas’ entre las piernas. Zapatero empezó todo el proceso de demolición del Estado con un ‘hacer’ que no se sabía si era buenismo, si es que era ingenuidad; o si era una mezcla de las tres cosas mezcladas y agitadas.

Después de quedar como Cagancho en Almagro en defensa de un ‘susanismo’ en el que no creyó demasiado, lo tenemos por Venezuela, corrido a gorrazos por el pueblo caraqueño -que debiera ser soberano- y fascinado -el pobre de José Luis- por el ‘autobusero Maduro’. La insignificancia de Zapatero daría para ensayos urgentes, mas lo flagrante en esta sobrada zapateril es esa defensa del paripé venezolano con algo de Jet Lag, de relajación tropical. Pongamos también que ZP ha entrado en un síndrome de Estocolmo con guayaberas, y así pide diálogo y otras sandeces que no entiende el pueblo venezolano sumido en un holocausto diario a la sombra del pajarito y del retrato de Bolívar (otro pájaro). Zapatero ahora avergüenza a España, a la comunidad internacional y a sus votantes retrospectivos. Nos cantó una vez aquello de defender la alegría como una trinchera; ZP vio la vida en arcoiris y ya hay quien le pide la retirada del pasaporte vía Real Decreto o como se haga. De la ceja a la Revolución Bolivariana se llega, como diría el Guerra, degenerando.

Lo más triste es la imagen de España que va dando un ‘ex’ al que vamos a mantener ‘ad aeternum’ con todos los impuestos. Los más melifluos creen en la buena voluntad de José Luis Rodríguez Zapatero, sí, aunque yo empiezo a creer que estos embajadores de buena voluntad, que estos mediadores, son el par perfecto para cada sátrapa bananero y los Willies Toledos que ‘en el mundo son’. Y así que pasen mil años.

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