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Opiniones libres de algoritmos

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Smart cities, ma non troppo

Foto: Weli'mi'nakwan | Flickr

Desde hace años y gracias al desarrollo tecnológico la planificación urbanística está dirigida a la construcción de ciudades inteligentes basadas en la optimización de los recursos y el uso de la tecnología para mejorar la vida de los ciudadanos. En su versión más extrema, algunos proyectos urbanísticos tienen como objetivo evitar, con la ayuda de algoritmos cada vez más sofisticados, todos los inconvenientes de la vida en común. Songdo, en Corea del Sur, o Masdar, en Abu Dhabi, son dos de los ejemplos más conocidos de lo que algunos han llamado Ciudades Utópicas.

Masdar, situada en medio del desierto y cuya planificación está supervisada por el arquitecto Norman Foster, es uno de los iconos de la optimización a la hora de gestionar las actividades de la ciudad. La vida de la ciudad está estructurada en términos fordistas, de manera que cada actividad debería ser, idealmente, asistida desde un centro de mando y predecible. Si de vuelta a casa necesitas comprar medicinas, un algoritmo te indicará no sólo el recorrido más eficiente hasta la farmacia más cercana, sino también la farmacia con la cola de espera más corta. Los habitantes de Masdar consumen las opciones establecidas de antemano para ellos por algoritmos que les indican dónde ir de compras o dónde conseguir un mecánico de la manera más eficiente posible.

En un post del 24 de diciembre de 2014 Madhur Singal, narra su experiencia en Masdar:

“Visité a mi amigo en Masdar unos meses atrás. Aunque la zona está bastante aislada, hay muchas tiendas de alimentación y cafeterías alrededor de las oficinas. La mayoría de las oficinas tienen plantas y flores verdes que crecen a su alrededor y que generan un ambiente sereno. Es una ciudad muy muy limpia y ordenada. En general, es un lugar agradable. Sin embargo, después de unos meses (o tal vez un año), uno se cansa de ella y desea vivir en un lugar con más actividad”.

Richard Sennet, autor de Building and Dwelling: Ethics for the City (2018), lo expresaba en un artículo en The Guardian: “si puede elegir, la gente prefiere ciudades más abiertas y más indeterminadas en las que buscarse la vida porque esa es la forma en que pueden llegar a tomar posesión de sus vidas.”

Que las ciudades funcionen cada vez mejor debería ser una prioridad social y política, siempre que esa mejora no nos ahorre las preguntas acerca de las implicaciones morales y sociales de la hiper-eficiencia.

Los espacios en que vivimos contribuyen al desarrollo de nuestra personalidad y a nuestra vida de la misma manera que lo hace la gente de la que nos rodeamos. Es en el trabajo de la voluntad que responde a los desafíos de la vida real donde nace la individualidad, se forma la persona y se generan los vínculos comunitarios. Es en los momentos ineficientes e imprevisibles, en las rupturas entre lo que deseamos y lo que conseguimos, donde surgen las grandes preguntas sobre nosotros mismos y sobre nuestro lugar en el mundo. El utopismo que alimenta determinados proyectos urbanísticos se apoya sobre la idea de que la eliminación absoluta de los riesgos y las fatigas cotidianas nos hará más felices, más libres y -digámoslo todo- mejores consumidores. Sin embargo, la apertura a los cambios y desórdenes no es masoquismo o atavismo, sino la aceptación de un hecho: la personalidad se forma en el juego entre la libertad y la realidad que la provoca con sus indeterminaciones y misterios.

Songdo y Masdar pueden parecer ciudades remotas –y quizás lo sean geográficamente–, pero revelan tendencias que permean nuestras sociedades y ante las cuales conviene preguntarse sin descanso.

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