THE OBJECTIVE
Octavio Cortés

Snowden o el susurro de los dioses

¿Nos espían? Sí, pero eso no es lo importante. Lo típico de nuestra era es que nos espían y nos da igual. Nixon tuvo que dimitir por espiar a un puñado de congresistas. Obama espía a todo el planeta, cada día, cada hora, leyendo cada mail, escuchando cada llamada, y nosotros seguimos tan panchos, rascándonos los esófagos con el mando a distancia.

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Snowden o el susurro de los dioses

¿Nos espían? Sí, pero eso no es lo importante. Lo típico de nuestra era es que nos espían y nos da igual. Nixon tuvo que dimitir por espiar a un puñado de congresistas. Obama espía a todo el planeta, cada día, cada hora, leyendo cada mail, escuchando cada llamada, y nosotros seguimos tan panchos, rascándonos los esófagos con el mando a distancia.

¿Nos espían? Sí, pero eso no es lo importante. Lo típico de nuestra era es que nos espían y nos da igual. Nixon tuvo que dimitir (y su aparatosa caída marcó una era, la emergencia un nuevo mundo al revés) por espiar a un puñado de congresistas. Obama espía a todo el planeta, cada día, cada hora, leyendo cada mail, escuchando cada llamada, y nosotros seguimos tan panchos, rascándonos los esófagos con el mando a distancia.

El pobre Snowden se convirtió en el Conejo Sin Chistera de esta época, el cruzado que vuelve a casa y no consigue ni que le den los buenos días. Su hazaña, su inmolación pixelada, quedará como un ejemplo de gesta descarrilada, medio amanecida, archivada en las bambas Gucci de Justin Bieber. Las libertades no están hoy en la lucha, sino en la ducha, en pleno túnel de lavado orwelliano.

La cosa tiene su lado cómico. Snowden reveló que el gran problema de la NSA es la hiper abundancia de información. Uno puede manejar dos dossieres, veinte, cien. Pero a ver quién es el guapo que se hace cargo de cinco mil millones de dossieres. Esos tipos, flotando entre su café con leche y su hora de fichar a mediodía, de pronto tienen ante sí la intimidad de cada puñetero homo sapiens que pulula por el mundo, con su ciática y sus ahorrillos y sus ex novias y su jefe cabrón. Nadie necesitaba esa avalancha de profanación, pero he aquí que nuestras nuevas maquinitas digitales la han producido y ahora habrá que encontrarle alguna utilidad.

Y la bola de nieve crece, porque todo el mundo sigue llamando por teléfono, watsappeando, enviando correos, y todo eso se va almacenando, minuciosa, monstruosamente, y en los cuarteles de la NSA tres docenas de servidores públicos (buenos tipos con su ciática, sus ahorrillos, sus ex novias y su jefe cabrón) rezan para que nadie les pida un informe global.

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