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La política española tiene algo de misterio inefable. Nada es lo que dice ser ni tampoco lo que parece

Foto: Frank Augstein | AP

La política española tiene algo de misterio inefable. Nada es lo que dice ser ni tampoco lo que parece. Faltaría eso que los cursis denominan “autenticidad” y que realmente no debería ser muy distinto a la ascética. Una ascética de la mundanidad, se entiende: de cuanto hay de perverso en lo mundano. No se puede pedir a un político que renuncie al mundo, pero al menos que no se deje llevar por él. Que tenga palabra, por ejemplo, y que la cumpla a pesar de las encuestas. O que sepa superar las rencillas partidistas –inevitables en ciertos momentos– para impedir la corrosión de la sociedad. Por supuesto, no se trata de un camino fácil cuando su éxito electoral se fundamenta en halagar los oídos del votante, al igual que las sirenas embelesaban con sus cantos celestiales a los marineros antes de devorarlos en la costa. Se diría que, como un fatum, la mundanidad de los políticos destruye la política y rompe los países en lo más íntimo: sus mitos y creencias, la fe en su propia bondad.

La política española, digo, tiene algo de misterio porque ha perdido toda ejemplaridad, a pesar de que nuestros gobernantes se llenen continuamente la boca de los más altos principios morales. Resulta lógico si pensamos que la mundanidad es una de las formas más habituales de moral, aquella que hace explícita el sabio Gregorio Luri en una de sus lecciones más irónicas: “La necesidad de estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo”.

Durante estos días, en los que repasamos los logros y los errores de la década que se despide, conviene recordar que lo perdido por el camino es mucho más que lo ganado. No solo se ha empobrecido la clase política –carece de voz propia, capacidad de liderazgo, altura de miras y perspectiva europea–, sino que la ciudadanía ha quedado presa de un particular narcisismo autorreferencial. Nos esclaviza la demoscopia, es decir, la mundanidad caprichosa de los poderes. Eso sucede así porque se han debilitado muchas de las virtudes imprescindibles para que una democracia funcione correctamente. Si en el corazón de la sociedad ya no se encuentra una imagen del bien perdurable, si la verdad se va cubriendo bajo capas y capas de opinión, perdemos cualquier perspectiva útil. El resultado de eliminar los dioses no es más libertad, sino una confusión que precisa del ruido para pasar desapercibida. Así, nuestra democracia se ha hecho ruidosa para ocultar precisamente esta desorientación. Y también nuestras miserias.

Nada hace presagiar que la década que pasado mañana iniciamos resulte muy distinta a la que dejamos atrás. Los demonios de la desconfianza, la ira y el oportunismo han tomado el debate público. El liberalismo empieza a descubrir sus límites, aunque carecemos todavía de alternativas viables. O mejor dicho, la alternativa del iliberalismo no es sino el reflejo del miedo y la sospecha. No confiemos pues en las respuestas de ningún sofista embozado bajo la retórica partidista. Detrás de sus palabras sólo se esconde, arrogante y ciega, la desnuda voluntad de poder.

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