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En las aulas de creatividad publicitaria teníamos clara una máxima: no hay mejor campaña de promoción que una prohibición como Dios manda. Con decreto ley y gendarmes en la puerta: prohibido.

En las aulas de creatividad publicitaria teníamos clara una máxima: no hay mejor campaña de promoción que una prohibición como Dios manda. Con decreto ley y gendarmes en la puerta: prohibido. La verdad, no recuerdo si el citado debate sucedió en los pasillos de aquel CEU tan rancio o en alguna clase —vete tú a saber— de Don Carlos Pajuelo, pero la cuestión: es plantarun «no tocar» en el cacharro más feo de la tienda y ahí nos tendrás a todos como a urracas. Acercando el dedito. Un poco.

Quizá sea esta la razón (ese impulso atávico por lo prohibido) por la que siempre preferimos subir la falda de alguna noia de Sant Gervasi que de alguna hipster del Born —esto Buñuel lo tenía bien claro? la misma razón por la que las copas saben mejor los martes y aquella infame portada del Interviú y el toto lanudo de Marta Sánchez es una de las publicaciones de más éxito en la historia del periodismo patrio. Ole. Marca España.

La cuestión, que la nueva ley del gobierno de Irán —la prohibición de anunciar preservativos y anticonceptivos— va a conseguir lo que no ha conseguido la democracia, la ONU, el SIDA, McCann Erickson o aquella recién divorciada tan pizpireta: poner de moda las gomas.

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