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Solo queda llorar

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

Hace tiempo advertí en Rac1 de que el procés se convertiría en lo más parecido a la Feria de Abril o los Sanfermines de Pamplona. Que veríamos gente manifestándose en la calle, votos en las urnas y mucho ruido. Pero que este ruido difícilmente se distinguiría de otros eventos de efervescencia colectiva como el de las Fallas de Valencia.

Los partidos independentistas han llegado al único fin que su camino unilateral les deparaba. Es decir, a chocar contra el muro del Estado. Y ahora solo les queda llorar. Consolarse unos a otros. Verter unas lágrimas por los dirigentes encarcelados y los que han tenido que cruzar las fronteras. Algo que, por otra parte, forma parte del ADN del nacionalismo catalán: el victimismo es una forma más de vanidad.

Este lunes, el sociólogo del procés y optimista irredento, Salvador Cardús, se percataba de esta nueva tesitura. En un artículo en el diario Ara pedía seguir “haciendo memoria de los represaliados” y condenar “los atentados a los derechos civiles”. Tenía razón en una cosa: que muchos independentistas siguen movilizados, pero no las formaciones independentistas.

Esta crítica a los partidos políticos también la hemos oído en boca de la exconsellera de Educación Clara Ponsatí. Ella, que renunció a recuperar su cargo, ha criticado duramente que no había nada preparado para poder implementar de facto la república tras el referéndum del 1 de octubre. Pese a su sinceridad y nivel de autocrítica, Ponsatí no ha ofrecido ninguna alternativa a lo que pasó el 1 de octubre y en los días posteriores para triunfar en sus objetivos secesionistas. No la ha ofrecido porque jamás hubo ninguna.

Visto lo visto, estaría bien que de las cenizas apareciera un líder político –nacionalista, sí– que les dijera a su gente que lo que les prometieron jamás fue posible. Que trate a sus conciudadanos como a personas mayores de edad y dejen de llorar.

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