María José Fuenteálamo

Soltar la mano

«Cada vuelta a la escuela me devuelve siempre a un cuento de Carmen Laforet recogido en Madres e hijas un libro de relatos sobre esta relación seleccionados y prologados por Laura Freixas»

Opinión

Soltar la mano
Foto: Ministerio de Cultura
María José Fuenteálamo

María José Fuenteálamo

María José Fuenteálamo (Albacete, 1980) es periodista. Tras trabajar en Bruselas y Euronews (Francia), ha pasado por El Mundo y EsRadio y colabora en El Español. ¿Un lema? Nunca se lee suficiente poesía ni se va a demasiadas fiestas.

Salvo excepciones, nadie maneja recuerdos nítidos propios de su primer día de colegio. Si usted atesora alguno será porque se lo contaron. Sin embargo, como muchas madres y padres, yo podría aburrirle con múltiples detalles del primer día de cole de mi hija. Cada vuelta a la escuela me devuelve siempre a un cuento de Carmen Laforet recogido en Madres e hijas un libro de relatos sobre esta relación seleccionados y prologados por Laura Freixas. Se llama Al colegio y en él la protagonista camina de la mano por la ciudad con su niña de cuatro años. Es temprano. Van al colegio. Primer día. Y, de alguna forma, parece que la madre está más nerviosa que la niña. Claro que sólo conocemos su versión: «Se me ocurre pensar que cada día lo que aprenda, lo que la vaya separando de mí -trabajo, amigos, ilusiones-, la irá acercando de tal modo a mi alma que al fin no sabré dónde termina mi espíritu ni dónde empieza el suyo», reflexiona la narradora.

Inevitablemente hay incertidumbre en esa separación de una parte de ti. Escribía Umbral en Mortal y rosa que «la primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo». Con él, decía el maestro, vuelve a vivirse. Y así es: «Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia», añadía. Una forma como de vernos a nosotros mismos «en el revés del tiempo».

Por eso, separarnos del niño podría suponernos un abismo. No es aparcar el coche en el taller, aunque con el mecánico también muchos nos encomendamos a la fe -en mi caso ciega-. Tampoco pedirle a un amigo que se quede un fin de semana con el perro. No, aquí hablamos de confiar parte de la formación de nuestro yo, -nuestros hijos son eso, un poco nosotros- a otros. Porque salvo que usted sea el maestro, y no podrá serlo de todo, serán muchos los profesores que pasarán por la vida de su hijo. Es decir, de la extensión de su yo futuro, pero también pasado.

Por eso, ese instante, ese pequeño instante en el que soltamos la mano del hijo, condensa toda la herencia de lo que llamamos mundo civilizado. Hay un sitio, y no muchos más, en los países democráticos en el que somos capaces de depositar lo que más queremos con absoluta confianza. Podemos ponerle algunas pegas, discutir cuestiones económicas, de organización e incluso llevar décadas cambiando y trajinando las leyes que lo regulan. Pero no me dirán que soltar de la mano a un niño y dejarlo en el colegio no es uno de los mayores actos de fe conscientes que hacemos los adultos a lo largo de nuestra vida.

El regreso a las aulas es ya un ritual sagrado repetido generación tras generación. El cuento de Laforet es de 1970. Y tiene tanta vigencia como su Nada. Los que consideramos grandes escritores lo son porque sus textos no pierden vigor a pesar del paso del tiempo. De alguna forma, lo han atrapado, explicándolo o intentando hacerlo, planteando respuestas o preguntas. En definitiva, entrando en él para nosotros. Es el legado que nos dejan a los que venimos después. Por eso los llamamos clásicos. Y por eso está ahí Carmen Laforet. Su Nada sigue siendo actual para muchos jóvenes que llegan a Atocha o a cualquier otra estación a última hora del domingo con una maleta cargada de sueños. Aunque nadie les espere. A ella ya desde esta semana la esperamos siempre con una ‘Caja de las Letras’ -un concepto que resta cualquier pedigrí a ‘caja de caudales’-, depositada en el Instituto Cervantes.

Llevar al niño al cole es exactamente lo que contaba nuestra clásica: volver nosotros, con una pizca de envidia, con una punzada de añoranza.«Me imagino el aula y la ventana y un pupitre mío pequeño… y en la pizarra una A grande que es la primera letra que yo voy a aprender…», terminaba ella. Y es esa evocación de Laforet o ese revivir de la infancia que decía Umbral, pero sobre todo la confianza en el sistema, lo que nos permite estos días soltar las manos a la puerta de un colegio. No me negarán que no es de lo más valioso que tenemos.

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