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A falta de noticias terrestres que no me despierten rabia, dolor o tristeza, me voy al espacio. Necesito un respiro. Tengo ganas de ingravidez y debilidad por las fotos cósmicas de The Objective. Me gusta encontrarlas en medio de las cosas que pasan en la superficie terrestre.

A falta de noticias terrestres que no me despierten rabia, dolor o tristeza, me voy al espacio. Necesito un respiro. Tengo ganas de ingravidez y debilidad por las fotos cósmicas de The Objective. Me gusta encontrarlas en medio de las cosas que pasan en la superficie terrestre. Entre sequías, guerras y secuestros masivos aparecen un puñado de estrellas o galaxias que se unen y procrean y el día o la tarde o la noche adquieren un cariz más amable. Un poquito de claridad en medio de tanta barbarie.

En este caso la foto mostraba un romance fugaz entre galaxias cuya interacción provocó destellos de luz y la creación de una nueva galaxia fruto la unión de ambas. La NGC 4485 arrastró a la NGC 4490 y las dos se transformaron en espirales irregulares. Descontrol absoluto –el amor, ya se sabe-. “Un romance fugaz entre galaxias deja intensas ráfagas de formación estelar”, rezaba el titular. De ellas ha nacido una nueva llamada Arp269. Es la historia de la humanidad a gran escala, repetida miles de millones de veces en todas las medidas posibles.

Quizás ver imágenes de éstas más a menudo nos haría adquirir más conciencia de especie. Cuidarnos y querernos más, como estas galaxias que no han podido resistirse a la unión. Entender que nuestros vecinos no solo viven en la puerta de al lado sino en todos los rincones de este minúsculo planeta -una mota de polvo en mitad de la nada-. Y abrir puertas en vez de cerrarlas. Darse cuenta del mísero espacio que ocupamos en un universo ilimitado, incalculable, interminable y eterno.

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