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Que podamos conocer la opinión de nuestros conciudadanos a través de las redes sociales constituye una novedad formidable sobre cuya importancia acaso no hemos terminado de reparar. Tenemos una ventana siempre abierta a un gigantesco patio de vecinos donde unos y otros se expresan con la mayor desenvoltura: como si la práctica del selfie adoptase la forma de un autorretrato expresivo. Es sabido que, junto con indudables ventajas, la liberalización tecnológica de la opinión ha traído consigo la figura del troll y un aumento de la conflictividad intergrupal. Pero también, fenómeno quizá menos observado, el descubrimiento de que buena parte de las opiniones se asientan sobre una interpretación simplista del mundo: un lugar habitado por buenos y malos de una pieza.

Pero uno se pregunta: ¿de dónde extraen su visión de la realidad quienes así se expresan? ¿Cómo es posible creer en «seres de luz», en un espacio público libre de riesgos, en relaciones sentimentales donde la dependencia emocional no juegue jamás ningún papel, en una vida política sin conflictos de interés o sombra de corrupción? ¿En qué se asienta esa concepción del mundo, cuáles son sus fuentes? ¿Cómo es posible que la experiencia vital no conduzca a una más sofisticada contemplación de los asuntos humanos?

Me he encontrado pensando en esto últimamente después de ver, o volver a ver, tres notables películas recientes. Por orden cronológico: Nostalgia, de la alemana Valeska Griesbach; A propósito de Elly, del iraní Asghar Farhadi; y Los exámenes, del rumano Christian Mungiu. Todas ellas hablan de gente corriente que, en el curso de su vida ordinaria, se ven envueltas en situaciones que implican dilemas morales de distinto tipo: un adulterio, la desaparición de una semidesconocida, la selectividad de una hija. Todas ellas ponen en contacto a personas cuyos intereses entran en conflicto y cuyas intenciones es necesario interpretar. Nadie sale indemne del examen: todos los personajes incurren en conductas poco edificantes y revelan ambigüedades morales de distinta índole. ¡No hay seres de luz! Huelga decir que la literatura y el teatro llevan siglos ocupándose de los retorcimientos humanos, pero como vivimos bajo el primado audiovisual me ha parecido pertinente poner ejemplos cinematográficos: un par de horas bastan para seguir un cursillo sobre los claroscuros de la existencia.

Tenemos así a mano las herramientas que nos permitirían desarrollar un aprendizaje de la complejidad: podemos convertirnos en adultos si prestamos un poco de atención y establecemos una conexión entre las exploraciones morales del arte y la realidad observada o vivida por cada uno de nosotros. Por supuesto, hay factores que entorpecen la facultades interpretativas: la falta de experiencia es uno de ellos, siendo sus efectos especialmente marcados durante la adolescencia y la post-adolescencia; el otro es la ideología, que retuerce la realidad para que no desmantele nuestros prejuicios. Ambos parecen estar sobrerrepresentados en el espacio público digital, bien sea por la edad de muchos de los participantes o por la más intensa participación de los más ideologizados. El resultado es con desesperante frecuencia un absolutismo moral que genera un ambiente irrespirable. Y es que no se puede hablar con un iluminado: mejor ponerse una película.

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