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El Subjetivo

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Summertime

Invierno, primavera, verano, otoño. El sucederse de las estaciones invita a la tristeza y al consuelo. A la tristeza porque todo pasa. Al consuelo porque todo vuelve. ¿Y qué es lo que vuelve cada verano? Vuelve la memoria de los sentidos. Si el invierno es el tiempo de la meditación, dijo nuestro Meléndez Valdés, e instala su metafísica en la mente, el verano es el tiempo de la sensualidad y hace del cuerpo su base de operaciones. 

Porque el cuerpo, el cuerpo es el que recuerda. La piel recuerda los baños en casa de los abuelos para quitarse el alquitrán; las rodillas recuerdan los rasguños tras los inevitables tropiezos de niño; los ojos recuerdan los tobillos luminosos de alguna deidad predilecta hincados en la arena; la mano recuerda otra mano; y la rótula vuelve a temblar cada vez que una ráfaga de olor a salitre embarga los pulmones y exhuma el recuerdo de un amor  infeliz con fondo de mar apergaminado. Vuelve, en suma, la infancia, la adolescencia y la primera juventud y parece que el verano fuera algo que acontece siempre en el pasado. Hay un momento en la vida en que, eclipsado por las obligaciones laborales y unas vacaciones adelgazadas, el verano mesopotámico de nuestra niñez se extingue bajo una mortaja de aire caliente. Son solo unos días en que hace calor; menos estío que estiaje. Hasta que se tienen hijos y, en efecto, todo vuelve a empezar.

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