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Susana derrocada, Sánchez condenado

Foto: Marcelo del Pozo | Reuters

Susana no era Susana. Susana era el producto de una sociología, casi de una orogenia, las lentas masas de la tierra que habían ido creando esa forma perfecta del PSOE andaluz, paternalista y providente, acariciador y consolador. Susana era su mejor producto, en realidad. La perfección de esa manera de hacer política sin política, sino con una mezcla de raíces sentimentales y calderilla regada que encandilaba al pueblo. Pero hasta ella ha caído.

Susana no verá los 40 años de imperio socialista en Andalucía, y es como si viera arder su heredad, lo único que le quedaba. Después de intentar saltar a la política nacional, cuando se creía la Merkel Roja, cuando se sentía intocable, cuando miraba hacia atrás, contemplando cómo había llegado desde las concejalías del botellón hasta donde estaba, asesinando políticamente a sus padrinos, uno tras otro, y su carrera parecía no tener límites; después de toda esta fantasía de molinera suya, fue precisamente cuando el que debía ser un títere para preparar su advenimiento, Sánchez, la derrotó. Susana se refugió en Andalucía. Aún tenía a Andalucía. Y la acaba de perder, como en el incendio de Rebeca. Y creo que aún no sabe por qué.

Ella había hablado como siempre, había acariciado como siempre, incluso se había reducido el paro, aunque los andaluces no habían prestado demasiada atención a eso nunca, siempre arrastrados a guerras de clase o de sentimentalidades. Ni Susana ni casi nadie esperaba esto. No ya las encuestas que se cocinan como pizzas, es que nadie veía este cambio, este vuelco tremendo desde la Andalucía con vena socialista, con bandera socialista, hasta una mayoría de derechas, con la llegada además de la extrema derecha. Susana no se lo explicaba. Pero a lo mejor debe culpar a su archienemigo Sánchez.

Por debajo de la sopa boba y la nana de tata que seguían con sus hervores en Andalucía; por debajo de los ERE y los repartos a patronales y sindicatos, del partido ofreciendo trabajito o amparo en una Andalucía paralizada por la burocracia sobredimensionada y el clientelismo seguro y efectivo, se nos olvidaba Sánchez. Sánchez había ejecutado una arriesgada jugada con la moción de censura, su alianza con extremistas e independentistas. Sánchez, con el mefistofélico Iván Redondo, creyó que desde la Moncloa se podría hacer campaña mejor que desde ningún sitio. Se fotografió con brazos griegos, se vistió de marine, mandó hacer encuestas en el CIS falsas como horóscopos, sentía cercano el apoyo mediático entre el informativo, el caricato y el tertuliano. Pero de lo que hacía, de lo que hace, se daba cuenta todo el mundo.

Susana ha fracasado por ella y también por el naufragio de la confluencia Podemos-IU, que ha bajado tres escaños. Aunque Susana quiso centrar la campaña en Andalucía, que hubiera sido como centrarla en la eternidad, estas elecciones han tenido más intención nacional de lo que suponían muchos (incluso yo). El castigo a Susana, además de por el desgaste autonómico y por esa cifra de los 40 años que sonaba a frontera franquista con el tiempo, ha sido también castigo a Sánchez. El castigo a Adelante Andalucía ha sido también castigo a Pablo Iglesias. Y el apoyo a Vox ha sido un castigo un poco a todos. La derecha rancia y xenófoba parece haber salido de la nada, de debajo de sus lápidas de monja o algo así, para señalar también la tibieza de Rajoy.

En Andalucía gobernará un tripartito con apoyo de la ultraderecha. Es duro, pero no creo que nadie se plantee otra alternativa. La gente se ha terminado cansando, después de muchos años, de esa iglesia del mendrugo y del pobrecito que era el PSOE andaluz. Pero parece que se ha cansado aún más rápido de Sánchez y su sumisión a los independentistas irredentos y chulapos, y a la izquierda posmarxista del guerrillerismo, la mordaza y el puñito. Al final, Andalucía sí ha sido el matraz de la situación política española. Susana ha sido derrocada en Andalucía, que es como si hubieran derrocado a la Macarena. Imaginen en el resto de España cómo serían las elecciones. Sánchez ha rematado a Susana, que ahora sólo tiene como unas ruinas de Tara en las que llorar. Pero hoy, también, Sánchez se ha dado cuenta de que él también está condenado.

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