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Susana Díaz, 70

Viví en calle Ferraz cuatro inmortales años. Compraba libros de geishas y kamikazes en la librería El Aleph, observaba el andar melancólico de Adolfo Marsillach y cruzaba hasta el templo de Debod para degustar, en tardes de cines en versión original, el mejor atardecer de elegante paleta anaranjada de Madrid.

En Madrid, 50 números más arriba de aquel ático compartido en el que estrené el siglo XXI, estaba la sede del PSOE. Bueno, sigue estando ahí, a pesar de Pedro Sánchez… y Susana Díaz, ambos especializados en dinamitar desde dentro el socialismo nacional. De Sánchez/Kent te lo podías esperar, mucho más tras el aquelarre con Évole, pero Susana es socialismo cinco jotas. Susana conoce mejor que nadie cómo ganar un congreso, un comité federal y todo ello sin competir con nadie. Sin primarias, con el aparato moviéndose por su causa. Sólo por ella. Riesgo cero.

Susana necesita la aclamación de la hinchada. Pero el teatro impostado de esta política que parece una ventrílocua experimentaba de Felipe González ya no da más de sí tras colocar a varios hombres para teledirigirlos. Fracasó en su apoyo a ‘Lady’ Chacón y luego lo logró con Sánchez/Kent y el ‘asusanado’ Javier Fernández, capitán en funciones del Principado de Argüelles.

Ahora ya no puede decir que no es no. Susana Díaz quiere (y siempre ha deseado) el poder absoluto de Ferraz, 70. Quizá esté a punto de conseguirlo, cosiendo en este tiempo de descosturas y súbitos puñales de desgarro. Porque Susana cumplió las prórrogas y ha lanzado todos los penaltis inimaginables. Hace falta que marque el gol de oro para salvar a su PSOE, el tradicional, con el que ya incluso pierde elecciones en Andalucía. O enterrarlo como un cadáver que fue bello y triste; ese PSOE que se transforma, como los días solitarios de otoño, en un esqueleto fugaz de malva y rosas.

 

Lee también la opinión de Luis Miguel Fuentes.

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