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Susana Díaz: la máquina de ganar

Foto: Marcelo del Pozo | Reuters

Se trata de salvar al PSOE, se trata de salvar a España, y esta retórica legionaria es la que mejor le viene a Susana, Virgen de pescadores a la que le apuntan los milagros de que salga el sol y el viento se achante. Aunque no lo parezca, sí va llegar entre olas y delfines a un PSOE hecho su verbena. Tiene poder orgánico y simbólico: el de la federación más poderosa, el del último PSOE ganador que queda en el país, el de la dinastía de un socialismo como egipcio por lo antiguo y religioso. Y también el poder del miedo que dan el populismo de cacerola, la nueva izquierda con la vieja hoz cromada, y el secesionismo adánico tras el que se esconde sólo la minería romántica del dinero. Basta, pues, una doña de partido, una gitanilla de mueble de televisor, una azafata de vuelta ciclista, que ponga al PSOE a ganar y coloque un gallardete en el balcón igual que una fallera. Y ya tenemos salvados al PSOE y a España. No importa que Susana no gobierne (no es que no sepa gobernar, sino que nunca ha tenido ni interés ni tiempo para hacerlo). No importa que pueda llegar a sentarse en La Moncloa una especie de panadera sentimental de la nada. Se diría que no necesitan un líder, un gobernante ni un político. Necesitan un asesino simbólico, contra el sanchismo izquierdoso, el podemismo betunero y la España del reventón autonómico. Y Susana guarda los hierros de matar como un médico antiguo sus jeringas o sus pipas.

Susana tenía que presentarse y se ha presentado. Todo lo que se montó, la gestora con cuartelazo, aquella reina de la vendimia presentándose como “la única autoridad”, la defenestración de un candidato elegido por la militancia (que no se olvide), fue para que ocurriera esto. No podía echarse atrás. Ahora, queda elegir entre susto y muerte porque el PSOE no ha producido otra cosa tras el zapaterismo de ojos de botón que el posfelipismo andaluz, algún vendedor de anchoas y este Pedro Sánchez que no ha tenido ni fuerza ni tiempo para hacer otra cosa que perder como estaba planeado, pero al que cuesta trabajo imaginarse de otra manera.

Mientras la Doña cumple su propia profecía, en el sanchismo andan crecidos, quizá como conjuro o quizá como táctica. “Susana anuncia el anuncio” -me dice alguien cercano a Pedro Sánchez-. Contraprograma a Pedro, buena señal: canguelo”. Si bien es cierto que a Susana no le quedaba más remedio que coger ese AVE con los maletillas y las planchadoras de tablao, queda el escalofrío de pensar que ella no se mete en una pelea que no sepa que va a ganar. Pero el pedrista me corrige: “Con Rubalcaba – Chacón, sin ir más lejos. Ella en primera persona nunca ha competido”. Sin embargo, otro socialista, que suele ver las cosas antes de que ocurran, me dice sin dudar, como un oráculo ciego: “Susana va a ganar sí o sí. No se monta un golpe de Estado para perder el poder en unas elecciones. Susana tiene sus votos tasados. Y si siguen sin salirle los números, no descarto otro candidato. Así hasta que ella amortice su 30% fijo”.

Esto sí es poder. Los pedristas presumen de tener de su lado a la militancia, ese concepto tan al peso como el de pueblo; aseguran que no hay tanta ilusión “desde Borrell” (mal ejemplo para hacer vaticinios y enfriar champán), pero parece que están midiendo el barullo, mientras Susana mide directamente ganancias. Todos saben que son unas primarias a dos con tres candidatos, así que los pedristas intentan camelar con el voto útil: “Quien quiere que gane Susana vota a Susana… o a Patxi”. No parecen temer el voto a pecho descubierto, pero sí las trampas, como que el susanismo pueda estar dando de alta a militantes zombis para darlos de baja luego. Quien controla el censo suele ganar. No contar más autobuses que el otro, sino no tener siquiera que contar los votos: eso es poder.

Susana se ha fabricado este destino entre cadáveres y merengue, entre traiciones y panderetazos. Nunca ha hecho nada aparte de alumbrar sus espejos, pero la máquina de ganar es suya. Encima, ha tenido la suerte de que la apoyen, desde fuera, muchos que han creído de verdad que se trata de vender y hacer chocar símbolos, no de que la ciudadanía tenga, al menos, la posibilidad de elegir entre buenos gobernantes. El susanismo, que suena a cántaro de lechera vacío, va a terminar sin embargo triunfando. Y podrá empezar a pensar en La Moncloa. Nosotros podremos empezar a pensar cómo quedarán un PSOE y una España salvados así, por una especie de hada falsa, como un Santa Claus pordiosero.

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