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Talión mediático

Hace ya tiempo un líder de Podemos debatía en televisión con un periodista. En un momento dado, lo llama “reaccionario”, a lo que el periodista contesta: “Reaccionario lo serás tú”. El primero, entonces, se enfada muchísimo y exige que no le falten al respeto. O sea, que el político sí puede insultar al periodista, pero este no puede replicar ni como el patio del colegio: “El que lo dice lo es”.

Hace más tiempo todavía, Pío Baroja. A él, que se ganaba la vida regentando una panadería de la familia, le fueron con que el poeta nicaragüense Rubén Darío había dicho: “Baroja es un escritor de mucha miga: se nota que es panadero”. Era muy gracioso, al parecer. Cuando Baroja apostilló: “Y Rubén tiene buena pluma: se ve que es indio”, los presentes se indignaron de inmediato y perdió amigos. Allí aprendió don Pío que unos gastan bromas y otros no pueden decir ni pío.

Anécdotas aparte, se trata de un problema esencial: el de la reciprocidad socavada por sistema. Colocas un espejo delante de tu interlocutor y él considera que aquello mismo que hace o dice es inaceptable o vejatorio. Pocos signos más orientativos de la correlación de fuerzas en la sociedad que observar quién tiene ganada la reciprocidad. ¿Qué posturas pueden atacar o ridiculizar a las contrarias sin pedir disculpas y cuáles tienen que envolverse en un sinfín de excusas, frases subordinadas, hesitaciones y miramientos? Véase con las distintas concepciones de la familia o con las posturas divergentes a cuenta de la inmigración ilegal.

Ocurre en la política, en la cultura, en la vida profesional, en la social, en todas partes. La réplica idéntica y el tono análogo no serían, en realidad, sino aplicar la ley del Talión: el ojo por ojo y diente por diente convertido en “elogio por elogio e hiriente por hiriente”. Pero, a pesar de su perfecta simetría y de sus evidentes valores pedagógicos y políticos, presenta grandes dificultades prácticas.

El gran problema de esta ley del Talión mediática es la percepción subjetiva de las ofensas. El político aquel pensaba que llamando “reaccionario” al periodista que osó discutir su cosmovisión no hacía más que describirlo asépticamente, faltaría más; en cambio, este, al devolverle el insulto, estaba atacando la sacra ley de la gravedad del progreso inevitable. O, en el caso de la moral sexual, cualquiera será calificado de reprimido y estrecho por sostener el catecismo de la Iglesia católica, pero líbrele Dios a él de llamar descomprimido o ancho a nadie.

El que niega la recíproca está convencido de sus superioridad moral e intelectual. No concede a las opiniones del contrario el beneficio de la duda, la posibilidad de réplica ni, en última instancia, el derecho a existir. Pocas cosas más necesarias, pues, que un tratamiento de choque. Lo conveniente sería clonar las formas, para que todos aprendamos respeto siquiera sea por interés. La igualdad de los ciudadanos también se juega en el terreno de las ideas y de su expresión pública. Aunque a mí esto me ha cogido mayor: me da vergüenza usar argumentos ad hominem, me aburre irritarme y, encima, casi nada me ofende. “Reprimido”, “carca” o “reaccionario” no me resultan adjetivos abominables, en absoluto. El Talión retórico es una misión para otros, a los que, desde aquí, tan tranquilamente, animo.

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