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Taxonomía del comentarista

Foto: PAUL HACKETT | Reuters/Archivo

En el llamado procès, todos somos a un tiempo actores y espectadores: si hubo una cuarta pared, hace tiempo que fue demolida. De hecho, no es preciso que hagamos algo para hacer algo; basta con dejar de hacer. Tenemos, claro, distintos grados de influencia: no es lo mismo ser presidente del gobierno que lector de periódicos o tuitstar. Pero nadie escapa a la onda expansiva causada por la voladura de la legalidad constitucional perpetrada en el parlament la pasada semana.

Sobre la relevancia de los comentaristas, que son aquellos que glosan (o glosamos) la realidad política en el marco de la opinión pública, no caben dudas. Los estados de opinión condicionan a los actores políticos, si bien esa presión atmosférica es difícil de medir y a menudo ni siquiera refleja la realidad sociológica: aunque la mayoría independentista no aparezca por ninguna parte, se da por supuesta su existencia y a menudo se opina como si realmente existiese. Claro que la más certera de las opiniones resulta insignificante frente a una masa abanderada.

Hace unos días, Ricardo Dudda cargaba contra la ironía, lamentando la actitud de aquellos que se enfrentan a la realidad política pertrechados con un discurso sarcástico que inhibe cualquier tipo de compromiso cívico. Tirando de ese hilo, podemos proponer la siguiente taxonomía de actitudes ciudadanas para el caso catalán, en el bien entendido de que son tipos ideales no exentos de solapamientos y cualquiera de nosotros puede transitar de uno a otro sin darse cuenta. O lo que es peor: dándonos cuenta.

El fanático. Convencido de la bondad de su causa, se sumerge en ella con pasión enfermiza y se dedica a su promoción activa, incansable, visceral. Sea cual sea la causa. No sabe lo que es un sesgo ni concibe que sus creencias -o “preferencias”- puedan venir de alguna parte. Habita las antípodas de la ironía.

El equidistante. Término controvertido, describe a quien asigna de manera idéntica las responsabilidades allí donde las responsabilidades son diferentes. Y son diferentes porque existe un criterio -la legitimidad democrática y el respeto a los procedimientos legales- que así lo indica. O no.

El sarcástico. Nada puede sorprender al sarcástico, que responde con filigranas retóricas ante cualquier argumento contrario a sus creencias y elude así la deliberación pública. Tiene algo de fanático emboscado que busca disfrutar del prestigio del comentarista. Los 140 caracteres son el aire que respira.

El comediante. Como si adoptase la mirada de un antropólogo, el comediante no puede tomarse nada en serio porque todo cuanto ve forma parte de una realidad que le es ajena y, por tanto, no le concierne: ante la estupidez solo puede responder haciendo bromas. ¡Cómo son, estos humanos!

El científico. No muy lejos del comediante se encuentra el científico, que si tiene opiniones propias se las calla en nombre de la neutralidad: el análisis es impersonal y quien lo lleva a término no puede pronunciarse sobre aquello que observa sin comprometer sus buenas prácticas metodológicas. Sobre lo que no se puede medir, es mejor callar.

El impecable. Intelectualmente sofisticado, el impecable siempre tiene razón porque sus argumentos son infalibles y reflexiva la actividad intelectual que los produce: los sesgos son eso que tienen los demás. Ocupa, moralmente, una posición superior. Finge escuchar, pero escucha poco; prueba de ello es que nunca cambia de opinión.

El ideólogo. Paradigma de la visión sesgada de la realidad, el ideólogo se caracteriza por un pensamiento monolítico que se define por su fidelidad a una ideología que le proporciona todo lo que necesita: un filtro perceptivo, un puñado de conceptos, una comunidad afectiva. Si hay discrepancia entre la realidad y la ideología, se equivoca la realidad. No anda muy lejos del fanático, pero no siempre es tan apasionado.

¿Se reconoce el lector en alguno de ellos, o en la combinación de más de uno? ¿Cómo sorprenderse de que el debate público, en especial el que se conduce en las redes sociales, sea tan laborioso y caótico? ¿Hay algo que podamos hacer, cada uno de nosotros, por mejorarlo?

Huelga decir que estas distintas figuras no se sitúan en el mismo plano: algunas son más dañinas para la polis que otras. Pero todas se alejan, en distinta medida, del verdadero ideal: el ciudadano informado que, comprometido con el sistema democrático, mantiene a la vez una prudente distancia respecto a sus propias creencias y está abierto a modificarlas en el curso de los distintos procesos de deliberación -pública o privada, formal o informal- en los que toma parte. Es un ideal: no es de este mundo. Pero es, seguramente, quien deberíamos esforzarnos por ser.

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