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"Hacer de la integridad de los sistemas planetarios o del bienestar animal la materia de otra guerra cultural es un camino -quizá inevitable- que no deberíamos tomar"

Foto: CARLOS JASSO | Reuters

Este verano tuve la oportunidad de participar en un congreso sobre «la sostenibilidad medioambiental en el siglo XXI» organizado por la Universidad Humboldt de Berlín en homenaje al hermano de su fundador en el 250 aniversario de su nacimiento: Wilhelm la fundó y Alexander era su hermano. Este Humboldt, asombroso polímata que viajó por medio mundo observando una naturaleza todavía inexplorada y sus relaciones con el ser humano, planteó innovadoras hipótesis sobre la interrelación de los sistemas naturales a nivel planetario; su legado se mantiene vivo por buenas razones. La cuestión es que una de las ponentes, si no recuerdo mal psicóloga social en una universidad alemana, comenzó su exposición subrayando que las personas que muestran mayor conciencia climática son también aquellas con mayor consumo de C02. Destacaba el ejemplo de los académicos que, como ella, recorren el mundo en avión lamentando que recorramos el mundo en avión. Pero no planteaba ninguna salida para ese laberinto moral: que cada uno, vino a decir, negocie sus contradicciones como pueda.

A la vista de las exitosas manifestaciones sobre el clima de los últimos días, el asunto tiene su miga. Es evidente que los manifestantes pertenecen, en su mayor parte, al segmento de la población que más C02 consume. Eso también incluye a los adolescentes, que juegan un papel destacado en la protesta, a pesar de que todavía no tienen ingresos propios; lo que todavía no tienen, como sabe cualquiera que haya sido adolescente, son ideas propias. Pero como nada garantiza que un adulto sí las tenga, es mejor no seguir por ahí. En todo caso, la correspondencia entre conciencia ambiental y huella ecológica -concepto del que podemos echar mano a pesar de sus debilidades- plantea un interrogante: ¿contra quién se dirige la protesta de estos ricos ciudadanos?

Hay distintas posibilidades. O bien protestan contra quienes no viven como ellos, o protestan contra los gobiernos por no obligarles a vivir de otra manera. Pero si quisieran vivir de otra manera, nada les impide hacerlo. Y si quieren que otros vivan como ellos viven, estarían reclamando sin querer un agravamiento de la situación contra la que se movilizan. ¿O solo quieren, queremos, sentirse mejor? Se trata de un rompecabezas sin aparente solución.

Nadie dijo que fuera fácil. Estamos ante un problema inédito, que da la vuelta a las tesis de Adam Smith e Immanuel Kant sobre el virtuoso entretejimiento de los egoísmos humanos. En el Antropoceno, la acción individual más trivial se suma a millones de acciones idénticas y genera un inconveniente colectivo: la agregación de bienestares humanos durante los últimos dos siglos produce una alteración significativa del clima planetario que amenaza con poner en riesgo esos bienestares. Pero nadie quiere provocar tales consecuencias con su ducha o su trayecto en automóvil o su recién nacido, entre otras cosas porque ese efecto no está contenido en la causa sino que resulta de su acumulación gradual. ¿Es culpa del capitalismo? Como el historiador indio Dipesh Chakrabarty respondió a Slavoj Zizek en un debate por escrito al respecto, un mundo que no hubiera conocido la energía fósil sería mucho más desigual que el nuestro: pregunten en Asia.

Así que quizá los manifestantes estén expresando una impotencia que nos concierne a todos: querrían conjurar el riesgo existencial asociado a la disrupción climática, pero carecen de los medios para hacerlo. Naturalmente, algún impacto sí tendría que la mitad de la población de los países ricos renunciase a la vida urbana y fundase comunas sostenibles en mitad de la campiña; pero no parece que las cosas vayan por ahí. ¡Ni que podamos convencer a los habitantes de los países en desarrollo para que hagan lo mismo! Por otro lado, los manifestantes no son todos los ciudadanos: si fuera el caso, tendríamos mayorías absolutas para los partidos verdes en todas las democracias. Las cosas, en fin, son intrincadas: incluso para esa Alemania cuya potencia industrial casa mal con una vocación descarbonizadora que de momento no arroja resultados y se ve dificultada por su precipitada renuncia a las centrales nucleares con ocasión del accidente de Fukushima.

En otro seminario al que tuve la oportunidad de asistir el pasado año, en esta ocasión en el Instituto para el Cambio Social y la Sostenibilidad de Viena, el siempre jovial James Meadowcroft -veterano académico canadiense dedicado a estos asuntos- dijo que el problema es en realidad relativamente sencillo: reemplazar por la vía tecnológica una provisión de energía basada en los combustiles fósiles por otras menos lesivas para la estabilidad climática. Y subrayaba que se ha progresado bastante ya y que mucho más se progresará a medida que nuestro ingenio colectivo se desplace en esa dirección. Hablar de tecnología y de gobernanza, no obstante, supone renunciar a una hipermoralización que gana terreno a ojos vista: se nos dice cómo debemos vivir y qué podemos hacer «para salvar el planeta». Y aunque el debate público sobre las formas de vida no es ilegítimo, sí lo sería la intromisión excesiva en la esfera privada de los ciudadanos. Hacer de la integridad de los sistemas planetarios o del bienestar animal la materia de otra guerra cultural es un camino -quizá inevitable- que no deberíamos tomar. Así sucederá, en cambio, si la sostenibilidad es convertida en una herramienta para acabar con el capitalismo, en lugar de verla como un objetivo compartido que puede alcanzarse de distintas maneras y no solo denunciando que haya aguacates a la venta en Londres en el mes de diciembre.

Hay que entender el atractivo intrínseco que posee el modelo sacrificial que tan prominente resulta en las protestas sobre el clima. Su eficacia, en cambio, es cuestionable: no ha existido jamás una civilización que redujese su complejidad de manera voluntaria. Y así como nadie está privado del derecho a vivir de manera más frugal, será difícil reducir la cantidad de C02 que llega a la atmósfera sin una masiva innovación tecnológica que asegure la viabilidad medioambiental del progreso material; pues éste, guste o no, seguiremos demandándolo. En suma: hay que dar la bienvenida a unas movilizaciones que nos recuerdan que somos agentes biológicos que dependen de las condiciones de habitabilidad del planeta. Pero sería bueno mantener un debate adulto sobre el mejor modo de asegurarlas: protestar contra nosotros mismos quizá no se cuente entre ellos, aunque por algún sitio hay que empezar.

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