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¿Tenemos tan claro que seremos demócratas?

Foto: DAVID RYDER | Reuters

Uno de los logros más aplaudidos de nuestro tiempo confuso y pesimista es el de los millones de personas que han salido de la pobreza, o el de los que han abandonado su manifestación más extrema. Según el Banco Mundial, hoy hay 1.000 millones de pobres menos que en 1990. Pero estos datos suelen venir acompañados de una interpretación que conviene matizar.

Quienes recuerdan estos datos ante discursos críticos suelen hacerlo desde la defensa de la democracia liberal, el Estado derecho, el libre comercio, e incluso el Estado del bienestar europeo. La reducción de la pobreza sería la enésima manifestación de la superioridad y la eficiencia de nuestras sociedades abiertas, plurales y democráticas, gracias a su expansión por el mundo con la globalización, las telecomunicaciones y el comercio. Por tanto, el “fin de la historia” de Fukuyama se habría desviado ligera y temporalmente del camino, pero su premisa seguiría siendo válida.

Sin embargo, si sacamos a la dictadura China de la ecuación, así como a otros Estados autoritarios o con democracias de baja calidad o en retroceso, las cifras no impresionan tanto, e incluso retroceden en algunos lugares. La vuelta a la pobreza de millones de personas en países como Brasil (hasta hace poco, ejemplo de caso de éxito), o en la UE de la austeridad, ha sido muy intensa estos últimos años, con fenómenos desconocidos o antes muy infrecuentes como el de los trabajadores pobres.

El comportamiento más eficiente en la competición global del experimento autoritario de Singapur (que un liberal como Vargas Llosa aplaudió en una tribuna periodística), y en general en China y parte del sudeste asiático, es un peligro por comparación para la reputación de nuestras democracias, incapaces de ofrecer horizontes de expectativas razonables en la globalización hipertecnológica y el desplazamiento del eje económico hacia Asia.

Cabe preguntarse, entonces, si seguiremos siendo demócratas por el mero hecho de serlo, por su superioridad moral intrínseca, a costa de la propia competitividad y, por tanto, de nuestras expectativas económicas y de bienestar. La democracia occidental, liberal, republicana y bienestarista juega en campo contrario, con reglas ajenas a sus fundamentos filosófico-políticos.

La respuesta en otros momentos complejos de la historia (clásica y contemporánea) fue un no catastrófico a esa pregunta por la pervivencia de la democracia sí o sí, y el marco global sin gobernanza no invita al optimismo. Y me pregunto si los votos a tantos partidos, candidatos o movimientos xenófobos, populistas y reaccionarios (aún con ropajes parlamentarios y retórica democrática radical) no muestran ya que un porcentaje muy alto de nuestras sociedades está respondiendo negativamente a la pregunta.

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