Lea Vélez

Tengo la camiseta

Algunos chavales de una escuela de teatro municipal, junto con su profesora, se han embarcado en el proyecto de formar una compañía joven. Para su primer montaje, escogieron una comedia co-escrita por mí y a lo largo de los meses han ensayado, han sacrificado horas de sueño, se han ilusionado con la idea de llegar, incluso, a conseguir un teatro en Madrid.

Opinión

Tengo la camiseta
Foto: Abraham Caro Marin
Lea Vélez

Lea Vélez

Lea Vélez es escritora. Su novela más reciente es “La sonrisa de los pájaros” (2019). Es autora también del ensayo literario "La Olivetti, la espía y el loro" (2017) y de la novela "Nuestra casa en el árbol" (2017)".

Algunos chavales de una escuela de teatro municipal, junto con su profesora, se han embarcado en el proyecto de formar una compañía joven. Para su primer montaje, escogieron una comedia co-escrita por mí y a lo largo de los meses han ensayado, han sacrificado horas de sueño, se han ilusionado con la idea de llegar, incluso, a conseguir un teatro en Madrid. Yo no he vivido el día a día, pero a través de amigos comunes me llegaban noticias de su entrega, de sus grandes esperanzas y de todas esas cosas juveniles que habitualmente llamamos el cuento de la lechera” (un cuento de mala moraleja, porque la verdad es que en la vida hay que acarrear muchos cántaros y más vale hacerlo con toda la ilusión). Supe también, por ejemplo, cuánto se había enrollado la directora de la compañía -actriz y directora teatral- poniendo muchísimo dinero de su bolsillo para producir la obra y que todo fuese profesional o consiguiendo un pequeño teatro municipal en el que se representaron las tres primeras funciones y que esperan, sea el bautismo de una exitosa andadura. Todo esto lo viví en la lejanía, desde mi falta de implicación y me hacía una cierta gracia, me daba ternura maternal, aunque también me causaba la amargura serena de verme lejos de aquella emoción que tan bien conocí: la adrenalina de los proyectos de juventud. Me alegraba por ellos y me sentía mayor, fuera de la ilusión, establecida, con las moralejas de los cuentos aprendidas y ajena a las grandes esperanzas. Soy una profesional de la tecla desde hace tantos años, tantos, que he aprendido a ilusionarme lo justo para no sufrir desencantos. Qué pena, ¿verdad? Pues no, pena no, porque de joven se pasa también mucho miedo. Estoy ya en una edad sin miedos ni pasiones desmedidas y tampoco me da pena haber perdido esa emoción algo apabullante de ver un texto mío en la pantalla o sobre unas tablas, que me hacía sentir la que más manda del cotarro. La primera vez que eso sucede, esa excitación, no se olvida. Conmigo fue en una escena de El Súper, interpretada por Natalia Millán. Cuando vi por la tele algo que había escrito yo, en boca de actores, personajes míos, que se movían bajo las sutiles órdenes del texto, ¿qué decir? pues que una se siente como Dios, literalmente. Pero esa emoción algo ombliguista pasó hace tiempo. No es que no me apasionen mis proyectos, pero ya no siento una explosión interna que hace años hasta habría compensado esa puñetera manía de no recibir una contraprestación económica. Porque la verdad es que eso también lo he vivido. Tengo la camiseta” como dicen los americanos. Estuve en el te pago cuando se haga la película”, “Te pago si sale la serie. Los guionistas, los que escribimos para la tele o el cine, siempre empezamos trabajando gratis para un productor que dice estas cosas y esta relación laboral -o no laboral- ahora, con el tiempo, deja muy clara la categoría del guionista y sobre todo, la del productor. Hoy lo pienso y es de cajón, pero entonces, no lo quería ver (o no me quedaba más remedio que no verlo). La juventud ciega más que el amor. Yo no sé cuántas veces escuché, a eso de los veintipocos, la frase: “tú nos haces el guion y cuando se estrene la película, te llevas tres millones de pesetas” (Aún había pesetas, sí, cuánta edad, caray). Tampoco sé cuántas veces acepté escribir a promesa futura, creyendo en mi inocencia entusiasta que todas aquellas películas se harían un día o que las series que nacían de esa frase se producirían si yo escribía lo bastante bien. Pero no podía hacerlo bien, no lo bastante, porque era joven, inexperta y poco profesional, tanto como para aceptar un trabajo sin remunerar. Después, cuando supe que, en realidad, todo lo que nace desde la indigencia nace también de la falta de profesionalidad y acaba, indefectiblemente, en el cajón, dejé de escribir a pago en alabanzas y oye, fueron esos los proyectos que salieron. Con mayor o menor éxito, pero salieron, porque todo el mundo se moja de otra forma, el proyecto crece en el subconsciente, las relaciones morales, invisibles, amarran a un equipo de mucha gente, nadie empieza esa andadura ilusionado por una parte y derrotado por otra.

Así, yo me alegraba mucho por estos chavales que querían llegar a un teatro estupendo, con mi obra, en este caso… hasta que me enteré de que pensaban estrenar sin solicitar permiso a la Sociedad General de Autores. No por maldad, no por no querer hacer las cosas legalmente, sino por escasez de recursos, experiencia, profesionalidad. Por desconocimiento. Me dijeron que ellos eran una compañía muy pequeña, que ninguno de ellos cobraba por su trabajo, que tenían muchos gastos con el decorado, con las idas y venidas, con la intendencia, que estrenaban en un teatro de pueblo y que los asistentes serían en su mayoría amigos y familiares. Me explicaron que aunque cobraban entrada, necesitaban recuperar la inversión, que había sido enorme.

Dije que yo sí cobro por mi trabajo. Siempre. Me gustaría que lo hubieran entendido con un par de frases, nada más, porque volver a explicar todo un recorrido vital en detalle es aburridísimoasí que por mucha ternura y mucha pena que me dieran, me negué. Le expliqué a la persona que me pidió renunciar a un porcentaje de mis derechos de autor que yo ya tiré la camiseta de trabajar por amor al arte de lo raída que estaba y ahora llevo una estupenda en la que dice: “por amor al arte, siempre hay que pagar al autor”.

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